HOMENAJE A LA CREATIVIDAD PASADA

Cristina tenía los ojos llorosos, las mejillas sonrosadas y el terrible eco de sus sollozos hacía temblar sus tímpanos. Se miraba al espejo y se preguntaba cuánto duraría esto.
Pequeñas gotas de aceite cubrían el suelo y ella pensaba: si me muevo, resbalaré. Un chorro de sangre decoraba sus labios, ahora secos y pálidos; ella la lamía esperando a que cesara.
Atada de pies y manos no podía ver más allá de su espejo. Su cabello largo y rubio ya se había convertido en el olvido, pero ella echaba de menos las cosquillas en sus brazos desnudos de porcelana los cuales, ahora, estaban cubiertos de pequeños pinchazos.
Ahora venía otro. Otro con gafas oscuras, labios delgados y apretados, jeringuilla en mano y envuelto en una larga bata de laboratorio. Abrió su boca espeluznante de donde salía aire caliente con olor semejante al moho: ¿cómo te encuentras hoy? Yo le respondí que cansada, como siempre.
Cristina volvió a mirar hacia arriba, hacia su hermoso espejo y deseó resbalar en ese aceite porque eso significaría que podría poner sus pies en el suelo, que dejaría de estar tumbada en esa mesa de operaciones.
El hombre se fue. Esa era la hora, la hora de siempre, aquella que hace callar todos los llantos y gritos, aquella que todos esperábamos. El altavoz se encendió con ese terrible chirrido de cada día. La voz monótona se escuchaba alta y clara. Kevin Smith, Laura Hilton, Nick Kehr,… Todos nombres diferentes. Todos únicos. Todos salvados, menos el mío.
Cristina se desesperaba por momentos. No aguantaba más. Me muero, se dijo a sí misma, me estoy muriendo cada día un poco más, desde que me trajeron está siendo una muerte larga, exasperante, agonizante.
No veía solución a su situación, pero menos la veía al mundo entero. No podía imaginar más que la extinción para la humanidad. Guerras, muerte, hambre, pobreza, egocentrismo, elitismo; esas eran las palabras que ahora nos definían.
Ella conocía esa nueva humanidad del siglo XXII,donde los humanos idealizaban la perfección de la tecnología; y en contra, aborrecían sus propias imperfecciones, ya no había cabida para el error, para la duda, para la insatisfacción; cualquier imperfección debía ser extinguida.
Ellos confundieron errores, y debilidades con infelicidad. Su búsqueda de la perfección era sinónimo único de la felicidad. Con ello el ser humano perdió su creatividad, y diversidad; y empezó su transformación: funcionar como máquinas, funcionar a la perfección. Sustituyeron los sentimientos de bondad y solidaridad, por los de egoísmo e individualismo.
Cristina era muy consciente de todo ello, y esa conciencia, le llevó a la conclusión de que esa humanidad no era para ella. Lo que quizás dudaba era si este estilo era bueno para alguien.
Ella, a sus 22 años, no había estudiado medicina, no era científica y no entendía nada sobre el conocimiento científico; aun así, ella sabía que todos estaban equivocados.
Esos científicos, esos locos con gafas y bata, llegaron a la mayor excentricidad nunca vista. Su ímpetu por querer llegar al bienestar de todos sus ciudadanos no daba frutos.
Somos humanos, animales y, como tales, no matamos o no deberíamos matar a los de nuestra especie. No es lógico coger, atar, cortar, abrir, manosear y descuartizar a una población para que otra pueda subsistir.
Año 2103. Empezó la guerra por la supervivencia mental. Los locos iniciaron la búsqueda de aquellos con mentes creativas, innovadoras. Todos fuimos secuestrados. Nos abrieron el cerebro reiteradamente, cogieron muestras para determinar si había alguna proteína especial que nos hiciera diferentes, nos daban de comer con suero intravenoso, lo justo para mantenernos con vida. Todo porque no habían logrado el bienestar universal, y ahora investigaban nuestros cerebros, los únicos que quedaban con creatividad y bondad.
Cristina no aguantaba más, hizo su último esfuerzo, estiró fuerte hasta que el catéter se desenganchó de su brazo y, entonces, una pocas horas más tarde, murió.