Por un segundo

Al atravesar aquella puerta, tan simple por fuera y compleja por dentro, pareció ser todo un mundo nuevo ya que la perspectiva de las cosas era completamente diferente a la de hacía 40 años. Sí, atravesar aquella puerta me abrió los ojos, pero, sobre todo, me abrió el corazón. Miles de recuerdos pasaban por mi mente, como imágenes; eran casi completamente reales. Lo cierto, no todos eran buenos pero sí la mayoría. Volver a ver esa habitación azul que compartía con mi hermano hizo que mis ojos se nublaran dejando derramar una triste y solitaria lágrima antes de romper a llorar. Habían pasado muchos años desde que viví en aquella casa. Tantos, que a mi pelo le ha dado tiempo a empezar a cambiar de color a un tono más claro. Gracias a esa puerta tan sencilla pero a la vez tan maravillosa podía recuperar el pasado una última vez. Solo necesitaba tiempo. Tiempo y más tiempo. Cerré la puerta y avancé unos pasos hacia el pasillo. Escuché un estruendoso ruido y fui a mirar qué había sucedido. Al ver aquel plato roto y a aquel niño de mirada inocente logré recordar el momento exacto de la caída del plato. Ese niño era yo. Aproximadamente, tenía unos 7 años de edad, no era ni muy bajo ni muy alto, pelo negro, ojos marrones y pequeñas pecas en las mejillas. A su lado, estaba mi madre, como siempre furiosa por lo torpe que era. Me consideraba la persona más torpe que había conocido. Por suerte no me podían ver porque no me podía parar de reír de la escena viendo que mi madre y yo ahora tenemos la misma edad . Un rato más tarde apareció mi abuelo. Él era muy mayor y por eso vivía con nosotros. Hacía tantos años que no le veía que la alegría que sentía cambió a ser tristeza y añoranza en cuestión de segundos.
De repente, el tiempo empezó a avanzar rápido, tanto que no podía distinguir el lugar ni el año en el que estábamos hasta que me vi con un gorro de graduado. Había acabado la carrera de derecho. Observé más precisamente el suceso y ahí fue cuando la vi. Tan bella y dulce como siempre. Sentada. Aplaudiéndome por lo que me había costado tanto esfuerzo y por fin había conseguido. Mi primera y única novia.
Empecé a ver los recuerdos borrosos, como si me fallara la vista. Pero, al aclararse de nuevo estaba en un hospital. Él abuelo había muerto. Esto de poder recuperar el pasado estaba bien pero hay momentos que no los volvería a vivir y aquí estoy de nuevo, una segunda vez. Me acerqué a él para darle un último beso, este sí que era el último, y de repente otra vez.
Más y más veces cambiaba todo. Se paraba en un recuerdo precioso o en uno desagradable. Volví a ver mi accidente de coche en el que me disloqué el hombro; cuando me fui de casa definitivamente a vivir con mi novia, el nacimiento de mis hijos…
Tantas sensaciones me hicieron olvidar dónde estaba la puerta por la que entré. Aquella simple puerta, marrón, con un pomo dorado. La necesitaba porque mi cabeza iba a estallar con el agobio de mis peores momentos del pasado. Refiriéndome a lo de mi abuelo y a otras cosas varias que prefiero no recordar.
Posiblemente no había sido tan buena idea esto de recuperar el pasado una segunda vez. ¿Dónde estaba la puerta? Cada vez estaba más y más nervioso porque no aparecía.
Volvía a encontrarme en mi antigua casa, en la que vivía cuando era niño y entonces recordé que la puerta estaba en la habitación donde dormíamos mi hermano y yo.
La puerta tenía un tiempo límite y, si se acababa, no la podías volver a abrir. Eché a correr como nunca lo había hecho. Estaba en el piso de abajo donde estaban nuestros juguetes. No se me podía cerrar. No. Mientras subía las escaleras a toda prisa, escuché un pitido y seguidamente otro, y otro. Parecía la finalización de un lavavajillas pero sabía perfectamente lo que era. Se me agotaba el tiempo. Abrí la puerta de mi antigua habitación y vi un uno escrito en rojo con letra mayúscula, seguidamente el cero. Me había quedado atrapado en mi propio pasado.