El corazón enamorado

Amanecí con la tranquilidad de quién sabe que todo sigue igual que el día anterior, y que así seguirá al día siguiente, sucesivamente. El oxígeno recién recibido por las células rojas no traía noticias nuevas, por lo que deduje que seguíamos en el mismo lugar en donde nos acostamos anoche. Un abrir de ojos me lo confirmó unos segundos más tarde. Ah... monotonía, dulce y cómoda monotonía. No había tenido que esforzarme por latir a más de 85 por minuto desde hacía ya más de una década. Simplemente me no había habido situación alguna que lo requiriese. Y las cosas eran mucho mejor así.
Sentí como la ya anciana Miriam se levantaba con dificultad de la cama y se dirigía a la cocina para hacer el desayuno.
Al ser la víspera de su décimo octavo cumpleaños, no pude evitar recordar con melancolía todos los momentos por los que habíamos pasado juntos. Reviví aquella vez en la que Miriam se quedó atrapada bajo una ola que la revolcaba con violencia una y otra vez hacia el fondo del mar, en aquella paradisiaca playa del Atlántico. Tuve que trabajar como nunca con tal de que todo el oxígeno posible les pudiera llegar a los pulmones.
¿Y que me decís de cuando le dieron a Miriam su primer beso?-pensé- ¡Me puse a latir como loco de la emoción!
Ay...el amor. Es curioso, ese sentimiento que solo los humanos son capaces de sentir se atribuye con facilidad a la figura retórica de un corazón. Pero yo jamás he sentido tal cosa. Toda mi vida me he dedicado a hacer para lo que fui creado. Después de todo, por eso se me otorgó esta gran responsabilidad.
Los días, las horas, los minutos pasaban y se consumían incansables uno tras otro. Todo permanecía siempre igual.
Al menos, hasta que...

-Hola. ¿Hay alguien más aquí?

Ni en mis mayores sueños podría haber llegado a imaginarme lo que me pasaría aquel 14 de Junio. Nada podría haberme preparado para ello.

- ¿Perdón? -musité sorprendido, pensando que aquella vocecita que acaba de oír había sido producto de mi imaginación.
-¡Gracias al cielo! Ya pensaba yo que me estaba volviendo majara...Dime, ¿quién eres?

Su voz era dulce y expresaba una inmensa alegría, como si conocerme fuera lo mejor que podría haberle pasado. Me presenté, y lo mismo hizo ella. ¿Quién hubiese dicho que el corazón de Miriam también disponía de un ventrículo derecho? Su función era bombear la sangre oxigenada que recibía gracias a mí al resto del cuerpo.
Siempre veía la parte buena de todo y todos, y hablar con ella acababa siempre provocándome una sonrisa.
Las horas ya no pasaban en vano, ya no desfilaban ante mi los días, interminables. De repente, era como si todo hubiera cobrado sentido.
Tener compañía me había dado la energía que necesitaba para seguir adelante, y me sentía más vivo que nunca.
Entonces, poco a poco, fui reconociendo los síntomas que mi dueña atribuía al amor, y ¡me di cuenta de que yo los tenía todos! Pero eso era imposible, ¿no? ¡Yo no podía enamorarme! Sin embargo, solo de pensar en ella me entraban unas ganas enormes de prometerle que siempre estaría a su lado (aunque físicamente fuera imposible no estarlo).
Y así, un buen día, se me ocurrió.
¿Qué sentiría si la viese?
"Es una locura..." -me dije- "Eso nunca ocurrirá"- Pero sin embargo, no podía dejar de preguntármelo, una y otra vez... Me corroía por dentro. Era lo único en lo que podía pensar, día y noche.
Pero fue solo aquella calurosa tarde de Agosto que se me ocurrió la idea más disparatada de todas.
Eran aproximadamente las 3 de la madrugada cuando decidí llevar a cabo mi plan.
Poco a poco, fui ascendiendo de ritmo. Un latido, luego otro. Cada vez más rápido.
Hasta que llegó un cierto momento en el que sentí que ya no podría continuar, que si seguía así lo más probable sería que dejase de latir, y no temporalmente.
Pero aún atendiéndome a las consecuencias, continué. Queriendo reventar la capa de tejido que nos separaba, imaginándome maravillas sobre lo que pasaría cuando al fin la contemplara. Oí como el Septo me gritaba que parase, que estaba desestabilizando el equilibrio del cuerpo de Miriam, que el resto de órganos no podrían aguantar la creciente presión arterial.
Entonces, ella pronunció mi nombre. Su aterciopelada voz me acarició, y al instante comprendí que aquello era una locura. Que era mejor vivir una vida a su lado, oyendo el ronroneo de su risa, que poder verla un mísero segundo.
Pero ya era demasiado tarde.
-Lo siento... -dije- te...te quiero.
La oí vacilar.
-Yo también te quiero- me susurró- siento que todo haya tenido que acabar así.
Y eso, es lo último que recuerdo.