Envío Urgente

Se levantó temprano, porque los astrofísicos tienen esa dichosa manía de lamentarse cada vez que sale el sol. Posó los pies en el suelo, casi como un ritual, y, girando la cabeza, se dedicó a contemplar el retrato de Hubble que reposaba sobre el cabezal de su cama. Lo observó con desasosiego, como si detrás de ese rostro sereno estuviera guardado un secreto que sólo durmiendo pudiera desentrañarse. Medio soñoliento, tanteó la mesilla de noche y cogió las gafas negras que decoraban diariamente su rostro. Tres veces hizo ademán de levantarse hasta que consiguió despegar las sábanas blancas de su camisón y, con una mueca fruto de los tiempos vividos, se dirigió hacia el baño. La melodía que surgía de sus pasos era irregular y, acostumbrado a sus andares de ochentón, simplemente se apoyó sobre un mueble del cual no recordaba el nombre. Las arrugas surcaban su rostro, que no eran sino un signo de la edad, pero le sorprendió percibir un párpado parcialmente caído que ni con esfuerzos logró poner en su sitio. El espejo que antes mostraba la vitalidad de un joven con sueños y esperanzas devolvía ahora la triste imagen de la vejez. Sí, definitivamente se hacía mayor.
Camisa, pantalones de vestir y chaqueta oscura, algunos lo tachaban de clásico sin saber que era así como vestían los físicos más influyentes de todos los tiempos. Miró su bastón con recelo y caminó despacio hacía la entrada de su casa. Al abrir la puerta el viento le golpeó la cara. Delante suyo se erguía una gran caja de cartón, con distintas pegatinas que la catalogaban de “frágil”. Consecuencias de la edad, no pudo sino desesperarse por imaginar cómo entraría ese gran monstruo en su casa, pues sus músculos ya no eran los de antaño. Se colocó detrás del cuerpo y empujó con todo su empeño, pero apenas se movió unos centímetros. Pensó en calcular la fuerza necesaria para mover el objeto a velocidad constante, pero eliminó la posibilidad, considerando la cantidad de variables que debía tener en cuenta. Finalmente, optó por abrir el misterioso paquete donde lo habían depositado, mientras se quejaba en voz baja de los repartidores sin escrúpulos que cada día lo sacaban más de sus casillas.
Despegando la cinta adhesiva de las tapas superiores, se asomó al interior del agujero negro, pero no consiguió ver nada. Sería más fácil si rompía los cartones laterales, y ese trabajo le costo poco más de cinco minutos. Con sorpresa, descubrió un pequeño aparato escondido en la inmensidad de la caja, junto a un sobre con su nombre grabado en él. Lo cogió. Sellado con cera negra, parecía un telegrama de los que ya sólo podía disfrutar en las películas, y levantó la comisura de los labios, haciendo una mueca que pretendía ser una sonrisa. Rompió el envoltorio con parsimonia. Un papel aciguatado con una simple frase en el centro.
Acabé lo que usted empezó, doc.
Sólo se le ocurrió reír, pues si él era contrario a algo, ese algo era dejar las cosas a medio hacer. Pensó que sería una broma pesada de alguno de sus ex alumnos, cansados de sus clases magistrales de lagrangianos. Sin embargo, la máquina que yacía en medio del cartón seguía cautivando sus ojos, y con gemidos y alguna dificultad se agachó para verla de cerca. Consistía en un cubo de lo que parecía metal con varios engranajes y cables que le daban aspecto de proyecto de feria de ciencias. En el extremo derecho, un botón negro que conjuntaba con sus lentes. “Acabé lo que usted empezó, doc.”. La frase se repetía en su cerebro, como si un programa informático hubiese entrado en un bucle infinito, y la pronunció en voz alta mientras acercaba su dedo tembloroso al botón del trasto. Lo apoyó suavemente, pero decidió acabar lo que había empezado, pulsándolo con decisión. Nada sucedió. La brisa matutina despeinaba el poco pelo que le quedaba, y esperó diez, veinte, hasta treinta segundos para ver si ocurría alguna reacción misteriosa, producida por la imaginación que en esos momentos desbordaba su cabeza. Y, sin embargo, nada sucedió. Frustrado, dio un puntapié al inútil objeto y ortopédicamente se levantó para encerrarse en su casa de un portazo. El exterior no era una buena idea, nunca lo había sido, y el cielo y las estrellas simples caminantes espolvoreados en un manto azul oscuro. Por eso adoraba la noche.
Desde la ventana que daba a la espalda del viejo, se asomó repentinamente un joven de mirada perdida que contemplaba la casa. Y, si hubiese observado detenidamente su interior, habría descubierto a un hombre, rondando casi los noventa, que renegaba de un mundo en el que el tiempo no daba margen para los milagros. Y ese hombre era él mismo.