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Habrás oído alguna la frase popular que dice que los gatos tienen siete vidas. Pues resulta que yo soy un felino y perdí tres de mis vidas.

La primera fue por querer conquistar a una gata preciosa. En realidad no era una gata como yo sino que era un juguete de peluche. Allí fue cuando mi corazón se rompió a pedacitos minúsculos como los de un vaso de cristal que acaricia el suelo. La presión que sentí en el momento del impacto fue como la de un gas caliente atrapado en un globo. PUM!

La segunda tuvo lugar en la calle. Una señora muy amable con una bata blanca me llevó en sus suaves brazos a un gran recinto. Desafortunadamente, este resultó ser uno de los laboratorios más importantes de la ciudad donde preparan medicamentos para veterinarios. Algunos compañeros me habían hablado de él pero ninguno había vuelto para explicarme su experiencia. A los poco minutos de llegar allí, la dulce mujer llamada “Srta. Starlow” según su placa de identificación, me ofreció una mezcla homogénea de color azul. Esta pócima me sentó tan mal que me hizo perder otra mi segunda vida.

Finalmente, la tercera vida tiene relación con un bebé. En el momento en que llegue a la escena de la acción, el bebé no solo había sido abandonado por su madre sino que estaba en peligro. Desgraciadamente, iba a ser atacado por una anaconda y no lo podía permitir. Así, para salvar al bebé reuní toda mi valentía y me situé entre ellos. Y como era de esperar, la gran serpiente me tragó enterito. Sin embargo, en su interior bebí un líquido espeso de olor no agradable que me convirtió en un felino mucho más grande que era un tigre. El estruendo de mi rugido hizo que la anaconda enemiga abandonase el lugar. Ya a salvo revisé al bebé. Todo era correcto excepto que mi renacer me había costado otra vida.

En la vida, a veces, hacemos locuras y podemos perder vidas. Sin embargo, los humanos no tienen este poder y por eso tienen que tener mucho más cuidado. Pero… humanos… tranquilos... para eso estamos nosotros: para salvaros la vida.