La ciencia de su majestad

Los ojos del alquimista relucieron satisfechos cuando la sustancia entró en contacto con la piedra y originó una pequeña explosión. A pesar de que el líquido resultante, ácido, manchó su túnica, se inclinó sobre la estrambótica ampolla y sonrío ampliamente a su contenido.
-¡Por fin!-.exclamó emocionado.-Mi gran proyecto está listo. Y enseguida podré mostrárselo al mundo y maravillarlo con sus capacidades.
No advirtió la sombra a su espalda mientras cubría la ampolla cuidadosamente con un paño. No sintió la rápida, aunque silenciosa, respiración que golpeaba el muro de piedra. El alquimista se quitó la tela del rostro y se giró, solo para encontrarse a la parca en su encarnación más terrenal.


-¿Y bien?- la voz impaciente e irritante del consejero real resonó en la estancia de piedra-¿Está muerto?
- Sí. – la mujer suspiró y se puso en pie, mirando a los pequeños ojos del consejero. –Pero llevaba esto encima. – Con cuidado, extrajo un paquete sucio y poco atrayente de las ropas del cadáver.
El hombrecillo fijó su mirada primero en el paquete y después en ella. Dio unas cuantas zancadas para tomar el hallazgo entre sus rápidas manos, arrebatándoselo a la mujer. Ella no dijo nada, ya que una bruja debía estar acostumbrada. Su oficio siempre había estado muy mal visto, a pesar de que, en secreto, todos los poderosos acababan recurriendo a ella. Cómo explicarles que todo tenía un sentido, que el mundo funcionaba así por alguna razón. Cómo explicar aquello a mentes limitadas y convencidas de que sus pócimas y augurios siempre acertados sólo podían tener una base diabólica.
-Esto es propiedad del rey.-aquella voz estridente como piedra siendo arañada se dirigió a ella de nuevo. –Asunto secreto, de forma que no quiero que salga de aquí. Como ya sabe, tener que recurrir a usted es algo molestamente necesario. En caso de que hable… - pasó su dedo por encima de su garganta en un gesto expresivo.
-Entiendo, señoría.-La harapienta mujer hizo una reverencia y salió de la sala con pasos ligeros.
Una vez solo, el hombre acercó despacio el rostro al sucio paquete. Cerró los ojos y se concentró. Olía fuerte, como a azufre y un metal desconocido para el consejero, quien no contuvo las ganas y abrió el paquete.
El funcionario inspiró con fuerza al ver su contenido y salió de allí a pasos largos, dejando en la húmeda habitación el cadáver del alquimista al que había matado por su saber y un leve olor a azufre.



Tiempo más tarde.
El rey sonrió ampliamente desde su puesto, y el consejero le correspondió.
-¡Querido amigo!-el consejero asintió respetuosamente hacia el rey - Es usted un gran hombre, Maurice.…-el rey se levantó de su puesto y se acercó hasta Maurice, hablando en tono confidencial. –Quiero que sepa que usted, de entre todos mis consejeros, todos mis súbditos, todos mis soldados, de toda mi familia,… es el único que sabe de este gran proyecto.
Maurice asintió, sin soltar prenda en ningún momento. Si lo hacía, temía que todo lo que rondaba por su mente saliera por su boca en forma de un peligroso torrente de palabras. El rey no se dio cuenta y continuó hablando mientras empujaba a Maurice a la sala de alquimia.
Allí estaba todo: las ampollas de fulgurantes colores dispuestas en orden, y en el centro, un gran paño abierto. Y sobre él, la piedra. Era muy bella, tanto que, al entrar, el rey se quedó con la boca abierta, contemplando maravillado sus mil brillos.
-Vamos, majestad. –Maurice recuperó el habla. Su retorcido plan ya estaba dispuesto.
-No, Maurice. Quiero que usted sea inmortal conmigo.-El rey le miró con ojos serenos, pero mantuvo el gesto de emoción.
Maurice no replicó, y mientras, sus veloces pensamientos se adaptaron al imprevisto.
-Muy bien, majestad. –Maurice tomó todos los alambiques y mezcló su contenido. Después, introdujo la piedra en el líquido. Esta, asombrosamente, se deshizo.
-Usted primero, majestad. –Dijo Maurice con voz suave. El rey se acercó imprudentemente y tomó el tubo, vaciando la mitad del contenido de un trago. Después, le ofreció el resto a Maurice.
Pero, en vez de tomarlo, este sonrió torcidamente y negó con la cabeza.
-Gracias, su majestad. Me encantaría beber ese veneno, pero no seré egoísta y le dejaré todo.-El pérfido consejero no hizo nada mientras el rey se desplomaba, con los ojos abiertos y la dolorosa comprensión escrita en su mirada.-Después de todo, yo tengo la verdadera piedra filosofal.- Extrajo de su bolsillo la roca, gris y común, que había fabricado el alquimista. – Creo que sabré continuar muy bien su legado.-rió cruelmente y tomó la corona de la cabeza del rey, colocándosela en la suya. –Incluso podría decir que yo seré el mejor, el último rey de este país.