Viaje mental del Universo

Despertarse un día en una nave espacial que viaje a la velocidad de la luz no es normal. Es más, sería imposible viajar a la velocidad de la luz,ya que es 299,792 kilómetros por segundo. Primero, porque solo 1% de ella es 10 millones de kilómetros por hora, y además, si se pudiese alcanzar la velocidad de la luz no tendríamos longitud, pesaríamos más que el Universo, y el tiempo pararía. Pero al fin y al cabo, esto es una historia.
Yo soñaba sobre eso casi todas las noches. Me encantaba pensar en los posibles multiversos, la extraordinaria física cuántica, y hasta la teoría de la relatividad. Yo sabía que estaba hecha para ser astrofísica desde pequeña. Pero quizás mi rutina más repetida eran mis experimentos mentales en los que ponía a prueba mis teorías. Me acuerdo de la vez en la que imaginé que viajaba en una nave espacial a la velocidad de la luz.
Mi nave contenía suficiente energía para escapar la gravedad de nuestro planeta. Tardé solo ocho minutos en llegar al Sol. Ya sé que estaréis pensando que sería imposible, ya que el centro del Sol está a 50 millones de grados y cualquier nave que pasara a su lado se derretiría. Pero vuelvo a recordar que esto es solo una historia.
Si hubiera seguido viajando a la velocidad de la luz, hubiera tardado aproximadamente 4 años y medio para llegar a Próxima Centauri, la estrella más cercana al Sol, y a Próxima Centauri b, un exoplaneta que orbita alrededor de la estrella. Yo no iba a estar pensando sin parar 4 años seguidos, así que me imaginé que iba más rápida. Observé que el exoplaneta estaba anclado por la marea; es decir, un lado estaba constantemente dándole la cara a la estrella. Seguí avanzando hacia el horizonte del Universo.
Cuando se mira un mapa de nuestro Universo, parece que todos los objetos celestiales están pegados los unos a los otros. Sin embargo, esto es una tontería. Como ya hemos comprobado, la estrella más cercana al Sistema Solar está a 4 años y medio de nosotros. Esto puede parecer poco, pero en realidad es aproximadamente 9.461 x 1012 km. Lejano, ¿eh? Por eso tenemos que aligerarnos un poco más hasta llegar a Sagittarius A*. Es un sitio muy importante que visitar. ¿Por qué? Porque es un agujero negro. Sí, lo que oyes. Un agujero negro en el centro de nuestra galaxia. Cuando pasé a su lado, sentí inmediatamente su atracción en dos sentidos; estaba absolutamente fascinada por mi alrededor, ya que a lo lejos podía contemplar el movimiento de los objetos celestiales alrededor de algo que parecía una silueta, y a la vez sabía que tenía que alejarme de ahí. La gravedad del agujero negro era impresionantemente fuerte, y si me acercaba un poco más sabía que me estiraría el cuerpo como un espagueti. La única opción que tenía era salir volando de nuevo. Claro, era increíble pensar que si pudiese pasar por un agujero negro sin morir estirado había una posibilidad de que pudieses acabar en otro lugar en espacio tiempo; es decir, hay una teoría que consiste en pensar que los agujeros negros son también agujeros de gusano.
Más allá de nuestra galaxia viajé, hasta llegar a Andromeda. Era consciente de que tenía un botón en mi nave para adelantar el tiempo, así que lo pulsé. Y comenzó el espectáculo. Se podía ver, al adelantar los billones de años, que nuestra propia galaxia y Andromeda se mezclaban para formar una galaxia enorme. Me alejé de nuevo, ya muy cerca del final de mi trayecto.
Llegué a mi última parada: el borde del Universo. De chica siempre me había molestado y a la vez fascinado que la luz tuviera todavía que llegarnos a nuestro planeta para poder ver algunos objetos celestiales muy lejanos. Una de ellas era el fin de nuestro Universo. Así que me lo imaginaba. ¿Qué es lo que veía? Absolutamente nada. No era algo de color blanco, ni negro, sino la nada. Exactamente lo mismo que podríamos contemplar si quisiésemos ver lo que había antes de Universo. Ni espacio ni tiempo. Simplemente, nada.
Me pasaba horas pensando en mi trayecto, pero nunca pensé que de mayor, yo sería la comandante de la nave, viajando por el mismo trayecto que me imaginé una vez. ¡Y resulta que lo soy!