Lo que no se espera

Muchas cosas se esperan de la hija de un modelo y una diseñadora de modas. Desde que sea la próxima estrella infantil hasta que sea una nini que viva la vida loca. Mucho más cuando tú nombre es algo tan sofisticado como Eisha.
Sin embargo, definitivamente, no se espera que quiera ser científica. Mucho menos una que se la pase tanto tiempo metida en su cabeza que sea incapaz de ponerse una combinación decente de ropa.
—Mamá, tú quieres que todo el mundo luzca mejor, yo solo quiero entender cómo funciona el mundo— había dicho alguna vez la pequeña, no era difícil de entender.
Sus padres, Liberti y Esteban, se habían casado debido a que ella estaba embarazada muy jóvenes. Sin el apoyo de los padres de ella, y con un inexperto abuelo (que había sido padre soltero) de parte de él, se vieron ante el reto de criar una niña bastante especial en un mundo completamente superficial en el que trabajaban.
Se esforzaron por darles una vida normal a sus hijas (ya que dos años después de la primera vino una segunda a la cual llamaron Alejandra), alejándolas lo más posible de la farándula. Esteban, que siempre había sido más torpe en lo relacionado con la escuela, era todo un amo de casa en las mañanas y las tardes, y un modelo no muy bien pagado en las noches. Mientras tanto Liberti estudiaba diseño en la Universidad durante la mañana, trabajaba medio tiempo en un café por la tarde y la noche la dedicaba a su familia. Era duro para ambos, pero todo valió la pena cuando le compraron a Eisha su primer microscopio.
Los ojos de la niña brillaban como estrellas cada que descubría algo nuevo, como que las hojas tenían venas o que sus cabellos eran más gruesos que los de su hermana, la cual lloro bastante a causa de ese experimento.
Para su cumpleaños número cinco, el último antes de la gran desgracia, aparte de su microscopio recibió un no muy completo juego de ciencias. En el paquete se incluía unos cuantos tubos de ensayo de un material muy parecido al vidrio, pero que, como comprobaría prontamente, definitivamente no era tan resistente a altas temperaturas.
Un día de verano, solo un par de días después de que Eisha terminara con el último de sus tubos de ensayo, el cual se llevó un rio del que quería tomar muestras, a Liberti, que estaba embarazada de siete meses de su tercera hija, se le rompió la fuente.
Rubí, la tercera hija de esta familia, estuvo el tiempo suficiente en este mundo como para abrir sus pequeños ojos color chocolate, sin embargo no lo suficiente para aprender a decir mamá.
A Esteban se le partió el corazón ese día, sin embargo supo salir adelante. En cambio para Liberti la vida nunca volvió a ser la misma, una depresión profunda se apodero de su vida afectando sus diseños, que empezaron a agarrar fuerza entre la comunidad emo, y su relación con su familia.
Por suerte Alejandra aún era muy pequeña como para entender que estaba pasando, aunque el movimiento en su familia era notorio.
Sin embargo las mejores cosas siempre surgen de lo que no se espera. Y en el caso de Eisha la desgracia le mostro su verdadera vocación en la vida. Quería estudiar Ingeniería en Biomedicina. Una carrera que las niñas de kínder normales, cuyos sueños se limitaban a ser cantante o veterinaria, ni siquiera habían escuchado mencionar. Quería, en un futuro, ser capaz de salvar a bebés que como su hermana habían llegado antes de tiempo. Y quería encontrar la manera de ayudar a su mamá, la cual había empezado a tomar un coctel de medicamentos cada día, que había logrado convertirla en lo que su padre y su hermana habían denominado como: un zombi bipolar con tendencias a la histeria. Bueno, en realidad la palabra original había sido “gritonearía”, pero Eisha los había convencido que “histeria” era mucho más apropiada.
En su segundo año de primaria Eisha demostró su compromiso con sus planes de vida. Un pequeño concurso de ciencias se organizó en su escuela, la participación era obligatoria para los niños de cursos superiores, mientras que para los de su curso era opcional. Prácticamente nadie de su edad participaba.
Tenía un plan, quería hacer una sorpresa para su mamá. Así que le pidió a uno de los mejores amigos de su papá, el cual también había dedicado su vida a la ciencia, que le permitiera trabajar con él.
Su proyecto fue un té de plantas medicinales que esperaba remplazara a las pastillas de madre. No gano el concurso, aunque estuvo cerca, pero a partir de entonces las cosas en su vida empezaron a corregir su rumbo.