La extinción de los dinosaurios

Hola, soy Kalo, un koala que vive a finales del cretácico. Vivo en Australia junto a mi familia y muchos animales, pero los más abundantes son los dinosaurios. Mi mejor amigo es un triceratops llamado Willy. Él me protege del resto de los dinosaurios, que no nos tratan muy bien a los mamíferos.
Todo por aquí es grande, las plantas son enormes, y los dinosaurios que se alimentan de ellas lo son aún más. Tienen unos cuellos que les sirven para poder alimentarse de las hojas de las ramas más altas. Y luego están los dinosaurios carnívoros, los más peligrosos, y que siempre molestan a los que comen plantas.
Un día estaba paseando con Willy y nos dimos cuenta de que nuestros amigos estaban hablando de algo: la caída de una roca proveniente del cielo, cerca de las costas de la península del Yucatán. Pero eso era imposible ¿cómo iba a caer una roca del cielo? Mi familia no le dio mucha importancia y, al igual que yo, decían que se trataba de un simple bulo.
Siguieron pasando los días y, entonces, todo empezó a cambiar. Empezaron a aparecer unas nubes muy oscuras que parecían ser de cenizas. En ese momento todo el mundo se alarmó pensando que se trataba del fin del mundo. Willy y yo no nos preocupamos hasta que las nubes cubrieron todo el cielo, sin dejar pasar ni un rayo de sol y empezó a hacer mucho frío.
Todos tiritaban. Aquello era insoportable. Mi familia y amigos sobrevivían con lo que podían, pero al cabo de unos días, sin luz del sol con la que realizar la fotosíntesis, las plantas empezaron a morirse. Willy, que se alimentaba de plantas, empezó a pasar mucha hambre.
La mitad de su familia murió de hambre, así como casi todos los herbívoros. Un día me levanté, pero a diferencia de mí, Willy no lo hizo. No pudo aguantar tantos días sin llevarse nada a la boca, y finalmente, murió. Estaba muy triste.
Ya casi no quedaban herbívoros, y los pocos que quedábamos éramos los más pequeños, los que no necesitábamos comer tanto para sobrevivir. Al no quedar herbívoros casi, los carnívoros empezaron a morir de hambre ya que no tenían presas de las que alimentarse.
Pasaron varias semanas, yo diría que casi un mes, y ya no nos quedaban esperanzas, definitivamente, se trataba del fin, todos íbamos a acabar igual: muertos. Ya no quedaban dinosaurios, sólo quedábamos mamíferos, aves, anfibios y reptiles de muy pequeño tamaño.
Justo cuando parecía que íbamos a caer los que quedábamos, comenzaron a verse los primeros rayos de sol en muchos días. Las plantas poco a poco volvieron a crecer y los animales supervivientes pudimos alimentarnos de ellas.
Todo había cambiado. Este sería el comienzo de una nueva era, una era sin dinosaurios.