Un cuento bacteriano

Vosotros, los seres macroscópicos, pensáis que la vida de los microorganismos es muy fácil… ¡pues estáis muy equivocados!

El mundo microscópico, donde habitamos nosotras, las bacterias, es un entorno muy hostil: solo sobrevive quien es capaz de encontrar suficientes nutrientes y de sortear los temibles depredadores. Es más fácil sobrevivir si eres un gran moho o una bestial ameba, pero yo solo soy una bacteria Escherichia coli. Muchas bacterias son pasto de los terroríficos virus bacteriófagos, que son imposibles de esquivar. Otras, deben huir constantemente de bacterias impasibles y de protozoos depredadores. Mi amigo Filoc, un Staphylococcus aureus, ya me avisó: en este mundillo, o comes, o eres comido.

Debido a los constantes peligros acechantes en el medio externo, los colibacilos decidimos mudarnos. Nos fuimos al interior de los seres macroscópicos. Pensamos primero en las plantas, pero en muchas de ellas ya habitaban bacterias fijadoras de nitrógeno, y estas son conocidas por su mal carácter, así que no creo que hubiésemos soportado ser vecinas suyas. Por lo tanto, decidimos irnos a vivir al interior de los animales. Dentro de ellos, elegimos poblar sus intestinos: buen clima, alimento abundante y mucho espacio, de hecho, un enterocito me contó que la superficie del intestino delgado de los humanos mide 320 metros cuadrados. No sé cuánto será, pero debe de ser muchísimo. Así, llegamos a la conclusión de que los intestinos animales eran nuestro hogar ideal. Tras muchas negociaciones con neuronas, leucocitos y enterocitos, llegamos a un acuerdo y firmamos nuestro contrato: podíamos quedarnos a vivir allí, pero con la condición de que debíamos trabajar sintetizando vitaminas B y K y facilitando el proceso digestivo.

Pero, como siempre, a veces surgen problemas. Algunas E. coli suelen rebelarse y negarse a trabajar. Como forma de rebelión, deciden provocar diferentes enfermedades en el organismo, como infecciones intestinales o urinarias. El conjunto de las E. coli, debido a nuestro carácter pacifista, estamos en contra de todo tipo de rebeliones y pensamos que traicionar a nuestro anfitrión es traicionarnos a nosotras. Para colmo, cuando se ejecuta uno de estos levantamientos, los humanos se atiborran a antibióticos, nuestra mayor debilidad, lo que provoca que no solo mueran las rebeldes, sino que diezme toda nuestra población. ¡Toda una tragedia!

Muchas veces, incluso, los humanos consumen antibióticos cuando son infectados por virus u otros parásitos, aunque estos sean inmunes a dichos medicamentos, lo que provoca que algunas bacterias se hagan superresistentes y sus infecciones sean más poderosas. ¡No puede ser!

Ya hemos hablado de nuestro importante papel en el tubo digestivo de los animales, pero no podemos olvidar la ayuda que prestamos a los humanos fuera de su organismo. Muchas de nuestras compañeras trabajan para ellos fabricando antibióticos, vacunas y otras sustancias que les facilitan su supervivencia y salvan muchísimas vidas al año. También colaboramos con ellos en la realización de experimentos para conocer mejor las células y cómo funciona el material genético. ¡Nos esforzamos en ayudarles todo lo que podemos!

En fin, yo me tengo que volver a mi trabajo. Como mi jefe se entere de que no estoy sintetizando vitaminas, me matará. ¡Nos vemos!