Fugaz

Hola, me presentaría, pero tengo tantos años que no recuerdo ni mi propio nombre, aunque vosotros me conocéis como "asteroide de Chicxulub". Un nombre raro, ¿verdad? Aunque suena curioso, el que me conozcáis es pura casualidad…
Había oído hablar de este sitio, un lugar diferente, decían que tenía algo especial, lo llamaban vida, ¿qué será eso? Tenía que verlo por mí misma y estaba deseosa de hacerlo, aunque por aquí hay muchos colores diferentes, al final con los años te acostumbras, todas somos iguales: más grandes o más pequeñas, más brillantes o más oscuras, pero iguales. Menos ella, la Tierra. Todas rumoreaban acerca de esa tal vida que la Tierra tenía, así que decidí visitarla.
Tardé mucho en llegar, pero al fin la vi, no podía creer que los rumores fuesen ciertos. No hacía falta estar dentro para saber que ese planeta tenía algo mágico que nunca antes había podido apreciar, era impresionante, era la vida. Pero no me bastó, tenía que verlo más de cerca, con más detalles. La curiosidad me estaba matando así que, sin pensarlo, me acerqué, por desgracia, demasiado. Ese fue mi error.
No pude resistirme era todo tan diferente, tan especial, tan atrayente... Pero esa atracción pasó a ser arrolladora, este planeta me absorbía y yo no podía hacer nada para zafarme de las garras de su gravedad. Opuse resistencia, pero no sirvió de nada, es más, fue aún peor… Comencé a arder, sí ¡a arder!, y notaba que a cada momento me deshacía sin poder hacer nada para frenar. El sufrimiento terminó con un fuerte golpe, no recuerdo nada de lo que pasó a partir de ahí, pero yo ya no era una roca firme, era polvo, simple polvo encerrado entre las nubes y lo que vosotros llamáis la corteza ¿puede ser?
Miré hacia abajo, hacia ella, todo temblaba. Los océanos trataban de comerse la tierra que los rodeaba, esto no podría estar pasando, tenía que protegerla, así que la abracé, lo más fuerte que pude cubriendo las nubes bajas. “Todo irá mejor” susurré, que equivocada estaba, debería haber dicho que todo iría a peor, porque así fue. Esas criaturas que llamaron mi atención y me hicieron caer estaban cayendo también una a una. Una inmensa tristeza absorbió todas mis fuerzas, ya no pude aguantar más y volví a caer, sin fuerza ninguna, posándome rendida en el suelo. Me quedé mirando hacia fuera, más allá de las nubes, hacia el lugar que durante tantos años había considerado mi hogar, donde era libre… qué idiota fui, debí quedarme lejos, como hace la luna que observa a una distancia prudente, pudiendo así disfrutar de toda esa belleza, hasta que llegué. Mi fuerza se esfumaba, me estaba apagando, pero antes de perecer pedí un deseo, que no todo se hubiese acabado, que por favor no le hubiese quitado todo su encanto a la Tierra y justo después de ese deseo desesperado a la nada, mi último suspiro fue una sonrisa al ver a un pequeño ser corretear sobre mí.
Desde aquel día todas mis hermanas están advertidas y tienen más cuidado al acercarse a la Tierra, pero si alguna se aproxima más de la cuenta empieza a arder como hice yo, a brillar, de una manera tan bella que ha conseguido que mi fallo pueda dejar un legado, la magia de los deseos. Ese último anhelo antes de desaparecer se lo regalan a todos esos humanos que ven la belleza en el cielo y tras el destello de luz cierran sus ojos y dejan en el aire ese deseo que se esconde en sus corazones.