EL CIENTÍFICO LOCO

Érase una vez un científico, loco que vivía en lo alto de su ciudad en una montaña muy alta. Se podría decir que vivía en una torre terrorífica. Tenía a toda la ciudad muy aterrada ya que nadie podía hacer nada contra él, porque tenía todas las formulas muy bien estudiadas por lo cual preocupaba que realizara pociones muy malas. Robinson, el científico estaba enamorado de una chica preciosa de la ciudad llamada La Tierra, pero como todo ser humano, tiene una parte de él que es buena pero en aquel científico nadie la encontraba. Todos los habitantes de la ciudad estaban en contra de él y cuando le veían iban directos a acabar con él. Pero un día Robinson, por la noche decidido a bajar a la ciudad para dejarle un regalo a su ser querido, La Tierra a la cual le regalo La Luna. Robinson entró a la casa de La Tierra mientras ella estaba durmiendo relajada en su grande y bonita cama. En su mesita el científico junto a La Luna le dejó un jarrón de flores que dentro había una nota, romántica.
Paloma le enseñó el regalo a su padre, que era el alcalde de la ciudad. Su padre se dispuso a ir con toda la ciudad a la torre del científico, pero La Luna sabía que Robinson era buena persona y que le amaba, Robinson al saber que iban a por él, realizó varias pociones en las que las dos estaba constituido por el ácido, un compuesto maligno para todo ser vivo.
Robinson supo defenderse de la ciudad, pero él en verdad se sentía muy mal al saber que no recibía cariño por su ciudad.
A lo largo de los años Robinson insistía en seguir demostrando que realmente es buena persona, pese a eso afronto sus miedos y bajó a la ciudad a plantar cara para que todos supieran como era realmente. Al fin y al cabo, la ciudad le entendió y como no La Luna se enamoró de él…