Teoría número 40

Y dije:
-Que se haga la luz.
Pero el Universo se estaba enfriando, y los electrones corrieron al encuentro de los protones. Mientras discutía con Kelvin, a quien poco le importaba mi opinión, el hidrógeno encarceló la luz y se negó a dejarla escapar. Supliqué y amenacé, grité y quebré la antimateria, pero la luz seguía oculta y el Universo en tinieblas.
Vagué de aquí para allá, cada vez más lejos, jugando con el hidrógeno entre los dedos, y al dejarlo caer, éste se arremolinaba y formaba pequeñas esferas que me acompañaban en mi creación de la nada. Recordando mi soledad, las atraje entre sí (nunca nadie debería estar solo), y poco a poco, en la oscuridad, sin que nadie me viera, poblé el Universo de galaxias.
Y las estrellas, agradecidas, criaron fotones como sus soldados de guerra, y los lanzaron por todo el Universo. A patadas, puñetazos, mordiscos y a bayonetazo limpio, pelearon contra los electrones, y sin apenas derramar sangre, los arrancaron de los brazos de sus amantes, quienes, sin ver el lado positivo del asunto, lloraron mil ochocientas treinta y seis veces la pérdida de sus opuestos.
Y después de ochocientos millones de años, seis días antes de lo previsto, descansé.