El doble

Lo dual es, sin duda, incómodo. Esto es porque tendemos a pensar que las cosas sólo son iguales a sí mismas, y no consideramos la posibilidad de que algo se comporte, a la vez, de dos formas distintas.

El mundo quedó sorprendido cuando la física moderna halló un ejemplo tangible de esto. Porque, por supuesto, nos han enseñado siempre que equis es igual a equis, pero una variable cambia según el sistema al que se le someta.

Pensando así, un alemán convenció a un grupo de gente para que le dieran mucho dinero, de manos de un rey, proponiendo una cosa tan descabellada como la que hemos planteado nosotros: una cosa puede ser entendida como dos al mismo tiempo.

Pensemos, por un momento, que queremos medir la velocidad de una partícula. Pensemos que ya tenemos su velocidad y que queremos saber su posición. En la realidad, a nivel atómico (aunque se demostrará que también a nivel social), no podríamos lograrlo.

A esto le llamamos el principio de incertidumbre de Heisenberg. Casi parece no tener sentido que no podamos saber velocidad y posición exacta de una partícula o electrón al mismo tiempo, pero eso sólo es absurdo si consideramos que esa partícula es siempre una partícula. Este genialísimo postulado, que dio pie a la teoría cuántica, es verdad porque un mismo objeto puede actuar como partícula y como onda a la vez. En dos palabras: una locura.

Pensemos, por ejemplo, en este señor, aquí parado, lavando sus manos. Las lava porque acaba de jugar con sus dos niñas en el parque y se las ha ensuciado. Sabemos dónde está. Es un hombre-partícula sumido en la lentitud, en la inmovilidad. Sí, en definitiva se mueve al ir al trabajo y realizar sus actividades. Pero esto es igual todos los días, y trabaja sentado frente a un escritorio dejando correr su vida como se deja correr el agua fría antes de meterse a bañar. El absurdo de la vida puede ser entendido a través de una inmovilidad total: una existencia donde no pasa nada.

Pero ahora fíjese bien, señor lector, en lo que va a suceder porque sucede muy rápido. Fíjese cómo nuestro sujeto pierde su trabajo, de la nada: dizque la economía, dizque las finanzas. Mire bien cómo estas palabras que tenían sentido en la boca de su jefe no las entiende la esposa que llora. Fíjese cómo ella habla de la casa, de las compras y de los viajes y cómo nuestro hombre-partícula se sorprende de que su esposa pueda ser tan superflua. Fíjese: ¡la esposa ya no es idéntica a sí misma! Está llorando y amenaza con irse con el otro… ¿El otro? ¡Fíjese, señor lector, no pierda noticia de cómo la mujer ha dejado de llorar y ahora ríe nerviosa! ¡Fíjese cómo el hombre con la esposa perfecta, no sospechó que las mujeres perfectas a menudo se comparten!

Mire usted cómo corre nuestro sujeto, después de haber conseguido la información, fíjese cómo en el mismo día perdió a su esposa y su trabajo, y su confianza en sí mismo, y su inmovilidad, esto es, su calidad de hombre-partícula. Mire cómo llega a la cafetería y encuentra al otro saliendo en ese preciso momento de su trabajo como barista. Mire qué rápido mueve las piernas nuestro sujeto, ¡tanto que no se sabe dónde están los pies! Mire qué rápido van sus pensamientos, ¡tanto que no se sabe dónde está su cabeza!

Un golpe y se meten los dos al callejón, otro golpe, y uno más, hay sangre y muchas patadas, y el otro se retuerce en el piso con el rostro desfigurado, y nuestro sujeto llora sin poderse contener.

Note usted, señor lector, qué rápido es todo esto, qué rápido el hombre se hizo asesino y qué común es ver este relato en los periódicos nacionales. Vea usted que ya no podemos precisar dónde está este hombre que iba a la iglesia que le heredaron sus padres, que iba a las subastas de caridad y que jugaba con sus niñas en el parque. Fíjese usted, señor lector, que ahora que la vida del hombre-onda perdió su inmovilidad y la rapidez lo poseyó, no podemos saber dónde está, sólo qué tan rápido se precipita a la nada, a la muerte, al absurdo.

Aquí se ve una vez más: una cosa puede ser muy distinta a sí misma si se le coloca en otro sistema. ¿Cuánto más el ser humano?

Nuestro hombre-onda que saludaba con cordialidad a los policías ahora tendrá que escapar de ellos. Nuestro hombre-onda que antes se estaba lavando las manos después de jugar, ahora se las lava, literalmente, de sangre. Y sabemos, entonces, que está parado allí en frente del lavabo tallando aquel líquido vital con jabón, pero ¿de verdad podemos precisar dónde está su corazón?