La aldea del desconocimiento

En la pequeña aldea de Petris convivían no más de diez familias alcanzando un total de cuarenta y seis aldeanos. Henry era un joven que se ganaba la vida aprovechando los recursos de la madre naturaleza. Poseía un corral de gallinas, un rebaño de ovejas, dos vacas y un caballo. Henry no solo cuidaba ganado, sino que también se dedicaba a cultivar un pequeño terreno que había heredado de sus antepasados. Todo ello le proporcionaba la prosperidad que todo aldeano perseguía.
A Henry le gustaba dedicar el poco tiempo que tenía a pasear por el bosque con su hermoso y noble caballo Lance. Aquel día, Henry decidió tomar una nueva ruta a través del bosque con Lance dirigiéndose hacia el este, hacia tierra de maleantes y ladrones. Media hora de galope les bastó para toparse en el camino con unos extraños seres de color rosado. Apenas alcanzaban el metro de altura, poseían un gracioso rabo corto y retorcido, el lomo era amplio y con pelaje áspero y grueso, el hocico era ancho y sobresalía hacia delante como si de una pequeña trompa se tratase, sus orejas eran suaves y puntiagudas, sus ojos negros, rastreaban el suelo con curiosidad. Henry quedo absorto ante la nueva especie que acababa de encontrar y pasó horas observándoles cómo escarbaban la tierra y recogían una especie de piedra ennegrecida y con un aspecto que más bien recordaba a algún tipo de defeque. Fue tal emoción la de Henry al encontrarse a ese precioso y misterioso animal que decidió acercarse y ofrecerles comida directamente de su mano. Los animales respondieron tímidamente ante la presencia de un desconocido, pero la paciencia de Henry dio sus frutos y una vez conseguida su confianza, los animales comenzaron a comer. Diez extraordinarias criaturas trotaban alegremente a su alrededor.
La oscuridad acechaba el horizonte, Henry debía volver a la aldea pese a la extraña atracción que sentía por sus nuevos amigos, pues peligrosos seres acechaban los alrededores de los bosques en la noche. Les dejó el resto de la comida que le quedaba en su bolsa y partió hacia Petris. Era ya noche cerrada cuando llegaron, y mientras bajaba del caballo, unos extraños ruidos provenientes del gallinero le pusieron en alerta. Estaba aterrado, pero no iba a permitir que cualquier bestia de la noche arruinara la vida de sus amados animales. Hacha en mano y temblando de miedo, se aproximó hacia la puerta del corral. Cada paso se hacía eterno. Un sudor helado brotaba de su frente mientras sentía cómo su corazón se salía de su pecho. Alcanzó la puerta y cuando estaba ya alzando su hacha para rebanar la cabeza de quienquiera que estuviese delante, escuchó un ronquido familiar. ¡Los animales que hace no más de un hora comían de su mano, le habían seguido hasta Petris! Henry soltó un suspiro de alivio y enseguida les acomodó en una parcela que tenía sin usar desde hace tiempo.
Pasaron los días, semanas, meses y años, y Henry se acostumbró a sus extraños compañeros. A última hora de cada día, habiendo terminado con el resto de animales, acogía a los rosados inquilinos en su nuevo hogar y les alimentaba con lo que había sobrado del resto de animales. Ellos, cada día, traían a su parcela algunas de aquellas piedras de color oscuro mugriento que Henry observó cuando los vio en el bosque por primera vez. Estas piedras, al acercarse, desprendían un olor fuerte y extraño que Henry nunca antes había experimentado, por lo que este se limitaba a acumularlas en una esquina de la parcela, intentando decidir qué hacer con ellas.
Un día, un comerciante que se dirigía a la capital observó el montón de piedras oscuras desde el camino, y sin creer lo que veían sus ojos, se acercó rápidamente a Henry y le preguntó cuánto le pedía por aquel montón que tenía en su parcela. Henry, que veía cómo se le acumulaban sin saber qué hacer con ellas, le instó a llevárselas, agradeciéndole la labor. El comerciante, que no cabía en sí de gozo, llenó un saco y retomó su camino presto, con temor a que Henry se diera cuenta del tan preciado regalo que le había ofrecido y pensando en todo lo que iba a conseguir cuando vendiese esas trufas en la capital.
Esta es la historia de la ciencia en España. Los científicos son seres desconocidos por el gobierno. Un día, y con mucho miedo, se decidió darles cobijo a modo de centros de investigación, los restos de comida representan la ínfima inversión en proyectos, equipamiento y personal. Mientras, ellos no dejan de producir algo muy preciado y cotizado para otros países y que España no valora, el progreso científico.
Para España, como mencionó Miguel de Unamuno, es mejor “Que inventen ellos”.