El laboratorio embrujado

El laboratorio estaba embrujado. Todo el mundo estaba asustado, era un laboratorio antiguo, pero muy importante, y en él trabajaban algunas mentes muy brillantes, pero que ahora estaban apagadas, embotadas por el terror a tener que volver allí. Nadie era capaz de dar una explicación racional a lo que sucedía, a los objetos que se movían, a los que desaparecían, al imposible dolor de cabeza de todos, e incluso algunos afirmaban que habían visto fantasmas.
La mayoría iba abandonando, todos menos uno, Ella había llegado de última, hacía poco había acabado su Máster y este destino era demasiado bueno como para amedrentarse por unos fantasmas. Ella sólo creía en el Método Científico y tenía claro que los fantasmas no existían.
Se había reído de sus compañeros. Pero el cuarto día en el laboratorio empezó a tener problemas, era un día frío y desde que había llegado le dolía la cabeza. Los bolígrafos que tenía sobre la mesa habían desaparecido, no podía ser, seguro que los había dejado en otro sitio. De pronto empezó a escuchar un ruido que fue aumentando hasta hacerse insoportable, se quitó las gafas y al volver a ponerlas vio uno de sus bolígrafos, dando vueltas sobre la mesa, como una peonza. Se quedó helada, por su espalda corrió sudor frío. No podía ser verdad, alguien le estaba tomando el pelo. Empezó a ver doble, el ruido aumentó y la atmósfera en la habitación se hizo más densa, casi insoportable. Tuvo que salir corriendo.
Una hora después volvió, avergonzada. Aquí estaba pasando algo muy raro, pero tenía que ser algo racional. Habló con algunos de los compañeros, casi todos habían sufrido algún que otro “encuentro paranormal” y estaban convencidos de que había fantasmas, ya nadie se quedaba por la noche en el edificio, aunque hubiera trabajo atrasado, aunque sus becas dependieran de ello. Se sintió muy apenada, esta no era la forma en la que se comportaba un científico, si el resto no quería, tendría que encontrar ella la respuesta.
Los siguientes días los pasó desmontando y volviendo a montar el laboratorio, tenía que haber algo en algún lado que indicara que estaba pasando, no podía descartar nada de momento, quizás todo fuera una broma, pero no lo creía. Movió, no sin un gran esfuerzo, todas las máquinas, hasta consiguió desmontar el falso techo, pero no encontró nada raro, todo estaba en su sitio y parecía perfectamente normal. Estaba claro que algo se le escapaba, algo que no terminaba de comprender, pero estaba segura que no tenía que ver con espíritus y fantasmas.
Unos días después de revolucionar el laboratorio volvió a suceder. Era de tarde, como la vez pasada, cuando volvió a notar la misma opresión en el cerebro y el ruido sordo volvió a aparecer. Su corazón se puso a mil, pero ella se negó a asustarse, era una científica y no iba a permitir que un miedo irracional la parase. De pronto, el laboratorio empezó a dar vueltas, la misma mesa parecía que ondulaba. Casi da un grito, casi, pero se contuvo. Mantuvo la calma y observó. Se concentró, mientras papeles que no sabía de dónde habían salido caían a su alrededor. Ahí estaba de nuevo, el dolor de cabeza, profundo, en la sien. Le costaba mantenerse concentrada, pero tenía que seguir, tenía que analizarlo. ¿Qué puede provocar que las cosas se muevan así y qué además te provoque dolor de cabeza y mareos? No lo sabía, no era capaz de seguir pensando, tuvo que salir del laboratorio…
Al día siguiente volvió, se pasó la noche dándole vueltas. ¿Qué sabía? Las cosas se movían solas, y eso era imposible, además siempre aparecía aquella opresión, tenía que ser algún tipo de onda, ¡tenía que medirla!
Entró al laboratorio y preparó todo el equipo, esta vez no se le iba a pasar. Las horas pasaban lentas. Ella cada vez estaba más nerviosa, era ya de tarde, no había querido ni comer. Estaba sentada en una mesa, viendo unos papeles a los que no prestaba atención cuando sucedió. Empezó a notar la opresión, ahora no estaba asustada, sino excitada. Encendió los aparatos, enseguida se dio cuenta de que eran las 19:00 en punto. ¿Un fantasma puntual? Lo dudaba. Apenas podía pensar, pero siguió midiéndolo todo y lo vio, había una longitud de onda, una frecuencia baja, un infrasonido, que partía de un lado de la habitación. Salió de allí, estaba a punto de vomitar.
Al día siguiente, con el conserje, preguntó que había en esa pared. Y su sorpresa fue tal que le dio un ataque de risa, el viejo aparato de calefacción, que se encendía todas las tardes, vibraba tanto que provocaba el infrasonido… ¡Qué tontería! Que fácil era al final y el resto creyendo en fantasmas… Su último pensamiento fue: La ciencia siempre gana.