Unas pinturas

Un niño pintaba en la calle. Tenía unas pinturas de madera de colores y algunos folios un poco arrugados. En la vieja mesa metálica de un bar se dibujaban motivos florales. Utilizaba la pintura para plasmar ese motivo en el folio, calcando la textura de la mesa en el papel. Dos o tres folios intentaban coger las formas completas. Y seguía intentándolo, concentradísimo, pero los motivos postmodernos de la mesa no terminaban de quedar como el niño quería. Intentar pintarlo le dibujaba una sonrisa en la cara. Eran unas formas extraordinarias y quería coleccionarlas en sus papeles.
Mientras pintaba, apareció un hombre. Éste le ofreció unos folios más grandes a cambio de una de sus pinturas. El niño se la dio, y el hombre le dio un polvoriento folio enrollado que guardaba en su chaqueta. Mientras el niño volvía a tratar de calcar las complejas formas de la mesa, el extraño hombre reducía la pintura a polvo y se la metía por la nariz.
Un poco más tarde pasó un tipo bebiendo zumo. Le dijo que con un poco de zumo de frutas podría humedecer el papel y así conseguir más realismo. A cambio, quería dos pinturas. El niño aceptó, y tras tomar un sorbo de zumo, esparció unas gotas por el folio del primer hombre. Desafortunadamente el folio se rompía en las partes donde el relieve de las figuras era demasiado agreste. El segundo hombre cogió las dos pinturas y se las guardó en un bolsillo, agujereado, del cual cayeron al suelo, desde donde rodaron a una alcantarilla cercana.
Finalmente, apareció una mujer con aspecto desaliñado. Ella miró los folios del niño y las pinturas. Se agachó y le dijo:
—No lo estás haciendo bien. ¿Ves? —la mujer cogió una de las pocas pinturas que le quedaban al niño—. No cualquier pintura puede pintar cualquier dibujo. Ésta, por ejemplo, está hecha para pintar una ballena. Y esta otra te pide que pintes un cielo lleno de estrellas. Sin embargo para calcar estos dibujos necesitas carboncillo.
La mujer desaliñada sacó de sus pantalones morados un papel ennegrecido que envolvía una bola negra azabache y se lo dio. El niño sonrió, pero ella no había terminado.
—Con esto podrás calcar los dibujos, pero lo siento, tengo que llevarme todas tus pinturas. No las necesitas para esto.
Los pantalones morados y las pinturas se fueron y al niño sólo le quedó un folio y un trozo de carboncillo. Miró la mesa e hizo un último intento. Comenzó a raspar el carboncillo sobre el folio pegado a los relieves de la mesa, y al cabo de un rato paró. El dibujo estaba quedando perfecto, pero le hacía sentir triste. No tenía colores. Y el dibujo era una copia de las formas de una mesa. Sólo era una mesa. ¿Qué importancia tenía pintar trozos de la mesa? Ninguna. Ya no estaba triste, sólo indiferente. Dejó el folio y el carboncillo en el suelo, se levantó y se fue.