COBAYA

Desde que me diagnosticaron mi enfermedad “rara-rara” y me dejaron claro que no había curación por el momento, y que las investigaciones más recientes aún estaban en la fase de provocar los síntomas en algunas ratas de laboratorio, decidí que iba a presentarme a todas las pruebas con humanos que se necesitaran.
Los científicos son buena gente, y además poco proclives a poner en peligro a la humanidad, más si esta es sufriente como yo, así que no me quedó otro remedio que buscar algún científico de los digamos locos, imprudentes, o visionarios, y ofrecerle mi colaboración, desinteresada en lo económico pero muy interesada en lo vital.
Tras varias búsquedas por el internet oscuro, pude encontrar una web donde al fin iba a encontrar a mi salvador, el que iba a encontrar el remedio, el que podría por fin decirle a mi cuerpo, que dejara de atacarme a través del sistema inmunitario. Que no confundiera algunas de mis sustancias corporales con virus extraños.
Nos intercambiamos varios correos electrónicos, hasta que le quedó clara la sinceridad de mi ofrecimiento. Era un partidario de los atajos, como yo, así que no había más que ponerse a la obra.
Quedamos en su laboratorio, ilegal y secreto, como no podía ser de otra manera. En el bajo de un edificio de viviendas por las afueras. Debió de ser un almacén, abandonado hacía tiempo y desde luego, el lugar ideal para hacer experimentos de la naturaleza que yo preveía.
El interior estaba lleno de cachivaches, que mi nuevo amigo y protector, me iba enseñando con orgullo: una impresora en 3D con la que podía crear prótesis para cualquier parte del cuerpo, y que ponía a disposición de gente como yo, cobayas desesperados. Agitadores de tinturas madre, para poder llegar a diluciones homeopáticas por encima de las 100.000 K de Wasserman. Con varios millones de diluciones pensaba que el efecto de la sustancia original era de un orden tan espiritual que sin duda sus resultados serían más espectaculares.
También tenía un aparato que según me contaba era una mezcla de scanner y medidor del aura. Vamos lo último en locuras. Sin duda era mi tipo.
Nos pusimos rápido a la faena. Para las enfermedades autoinmunes tenía una solución, arriesgada, que no había podido aún experimentar, pero en la que tenía depositadas grandes esperanzas: el bucle de recoveco cuántico (BRC).
Me anestesió, dormí profundamente, tan profundamente, que no sentí nada hasta varias horas después. Estaba en urgencias del hospital, y cuando vi la cara de los médicos que me observaban con una mezcla de sorpresa y repulsión, tuve la impresión de que algo había cambiado en mí.
Bueno no todo. La enfermedad autoinmune la sigo conservando, no por muchos años espero. Lo que ya no tendré será el riñón derecho, la córnea derecha y el pabellón auditivo izquierdo, que con lo feo y peludo que era, no sé a qué desesperado desorejado se lo habrá conseguido vender.
La policía me tomó por un chiflado más, y por supuesto el local estaba vacío y abandonado. Bueno la máquina de 3D aún estaba pero parece que era un robot de cocina tuneado.
Me queda el consuelo de que las ratas de laboratorio, estos santos animales, sirvan algún día para curarnos… sin atajos.
FIN