Transfusión

Sentados en clase esperamos a que entre el Maestro. Como siempre, la organización, basada en la evaluación académica, asegura que mi compañero de escritorio sea Leo. Un año más. Cómo si los últimos 100 años no hubieran sido suficientes. No me malinterpretes, me gusta Leo. Es el único que no se dedica simplemente a memorizar datos. Piensa por sí mismo, cuestiona, y lo que es mejor, me hace cuestionar también a mi. Aunque quizá demasiado.

Un silencio solemne se adueña del Aula cuando el Maestro entra. Su solapa está adornada con cuatro galones plateados en forma de triskelion, el símbolo celta para la evolución y el aprendizaje perpetuo. Cuatro galones, 400 años. Me hace recordar las lecciones de Paleobiología en las que aprendimos cómo en la antigüedad se adivinaba la edad de una persona basándose en el color gris de su pelo y en las deformaciones de la piel. Por más que lo intento me es imposible imaginar la sensación de sentir que tu propio cuerpo se deteriora, sin poder hacer nada para evitarlo. Sin el sistema de triskelion inventado en el Segundo Periodo de Nuestra Era sería imposible distinguir la edad de una persona. Es prácticamente la única forma que los vecinos tienen para diferenciarme de mi madre.

La alarma de las 10.30 interrumpe mis pensamientos. Es la hora de la Transfusión. En la esquina superior derecha de nuestros escritorios se abre un pequeño orificio del que sale un tubo terminado en una aguja. Sincrónicamente, todos tomamos el tubo y lo conectamos a la pulsera de nuestra muñeca derecha. En pocos segundos la sangre empieza a fluir por el tubo hacia el interior del escritorio, donde se pierde en una red de canales y más tubos. De nuevo pienso en las antiguas historias, cuando los tecnólogos se veían obligados a embellecer sus avances para convencer a los usuarios. Qué ridículo. Me alegra vivir en una sociedad que ya no está dominada por algo tan superfluo y efímero como la belleza. Todo el mundo comprende la lógica de la Transfusión. No necesitamos más argumentos. “Progreso a través del conocimiento”, tal y como está escrito en grandes letras doradas en la pared del aula. Mientras, el Maestro comienza su explicación del programa para el nuevo curso.

“Un año más, nadie dice nada. No puedo creerlo. ¡Es nuestra sangre!”, dice Leo finalmente, interrumpiendo de nuevo mis pensamientos. Me escucho a mi misma repetir la misma respuesta de cada primer día de curso: “Es por el bien común. Nuestra sangre contribuye a que nuestra sociedad sea más avanzada”. “Eso es lo que nos hacen creer, pero nadie aquí se cuestiona siquiera si eso es verdad. Día tras día nuestra sangre va a parar a los Receptores para evitar algo que llaman “envejecimiento”. ¿Alguna vez has visto algo llamado “vejez”? Lo único que tenemos son imágenes pre-históricas que cualquiera podría haber alterado. ¿Y si es un cuento creado para manipularnos y mantenernos bajo control?”.

Me extraña la vehemencia de Leo. Hay algo en él este año que es diferente. Apenas hemos hablado en los últimos meses, he estado demasiado ocupada con mis prácticas en el Departamento Espacial. Me pregunto qué ha pasado este verano. “Dices eso porque ahora eres Donante”, le contesto, “pero debemos ser pacientes, nuestro turno para ser Receptores llegará”. Normalmente Leo abandona su queja a estas alturas de la conversación, pero por alguna extraña razón, mis argumentos no son suficientes esta vez. “!Somos jóvenes ahora, Claudia! Deberíamos estar ahí fuera, experimentando, ¡viviendo! Y sin embargo, aquí estamos, estudiando año tras año, formándonos para la promesa de un futuro mejor que ni siquiera conocemos, sacrificando nuestra juventud por el bien común, mientras el sistema roba nuestra sangre. Piensa en esas historias de la Antigüedad que tanto te gustan. Piensa en cómo, esos pre-históricos, aprovechaban sus efímeras vidas antes del descubrimiento de la Transfusión. ¡Ellos vivían, Claudia! Nosotros esperamos nuestro turno mientras nuestra juventud se escapa por esos tubos”. Leo acerca su cara a la mía y me susurra: “Las cosas van a cambiar. Yo voy a hacer que las cosas cambien. Porque ahora sé que no soy el único que piensa así”.

Un escalofrío recorre mi nuca. Tengo la sensación de que algo se aproxima. Aunque no sé qué es lo que va a cambiar ni cómo, presiento que nada va a ser lo mismo.