Una última lección

Un sonoro puñetazo sobre la mesa del laboratorio, que hizo oscilar el material de vidrio y el monitor del ordenador, aun estando apagado.
−Samuel, desaparece. Éste no es sitio para ti.
−Pero, profe, yo quiero hacer las prácticas de la semana pasada.
−Ya no es tiempo.
−Me expulsaron tres días, y no pude venir.
−No las vas a aprovechar… Aunque…
La idea atravesó la mente del viejo profesor quemado en el ejercicio de sus funciones. Devolverle las burlas a tan disruptivo niñato, experto reventador de clases y con una sonrisa de perdonavidas que sacaba de quicio al más estoico.
−Tal vez tenga algo para ti –dijo maliciosamente.
Samuel traspasó el umbral del laboratorio. En el carbón de sus ojos se avivó la llama de un entusiasmo desconocido para su profesor. ¡Todo el laboratorio del instituto para él solito!
−Te voy a mostrar cosas misteriosas, pero sin explicártelas.
−Vale, profe.
Le aproximó una pila AA y una tira de papel de aluminio, indicándole que tenía que unir los extremos de ésta con los polos de la pila.
−¡Uy, que quema, don Cristóbal!
«Chúpate esa por fastidiarme tanto», se dijo el profesor para sus adentros.
A continuación tomó un globo inflado, y con el mismo empezó a darle golpes continuos al muchacho en la cabeza, recreándose en la ilusión de que el plástico adquiriera la consistencia de una piedra.
−Observa, se te están pegando los pelos al globo.
Samuel estaba atónito.
Lo siguiente fue rodear un clavo de hierro con unas cuantas vueltas de alambre de cobre, cuyos extremos fueron conectados a los polos de una pila de petaca de 7 voltios. Samuel vio cómo de esta manera el clavo atraía pequeños clips como si fuera un imán. Continuando con el fenómeno del magnetismo, el profesor le hizo el número de las limaduras de hierro sobre un papel, que formaban el dibujo de las líneas de campo magnético al pasarles por debajo un imán. Seguidamente, le dio un peine a Samuel, le pidió que se frotara con él los cabellos, le acercó una cajita con pequeños trozos de papel de aluminio, y se escuchó un peculiar tintineo cuando éstos fueron atraídos por el peine electrizado.
«¡Qué simple es! –pensaba entretanto don Cristóbal−. ¡Con qué poca cosa se entusiasma!».
Por último, le habló de un fantasma que habitaba en el interior de un tubo fluorescente y al cual iban a invocar. Para ello hubo que dejar el laboratorio a oscuras, y, con el globo de antes, don Cristóbal golpeó nuevamente la cabeza de su alumno. Acto seguido, frotó con el globo electrizado la superficie del tubo, y surgió un resplandor misterioso, como un fuego fatuo, que iba siguiendo el movimiento de aquél.
−¡Qué pasada! –exclamó Samuel.
Llegados a este punto, don Cristóbal rompió a carcajadas. De un modo ingenioso había conseguido humillar a ese niñato tan acostumbrado a quedar por encima de todos. Al cabo le dijo:
−Vete y no vuelvas más. Estas cosas no son para ti.
Ciertamente, Samuel no regresó a sus clases. No volvieron a tenerse noticias suyas en el instituto; nadie se preocupó tampoco.
***
Los años siguieron su marcha, y a don Cristóbal le llegó la hora de la jubilación.
Antes de acudir al acto que le habían organizado en el instituto, se pasó por última vez por el que había sido su laboratorio. Al abrir la puerta, se encontró un sobre en el suelo. Contenía una sola hoja de papel con un texto muy escueto a ordenador, concebido en los siguientes términos:

La pila y la tira de papel de aluminio: Efecto Joule.
El globo contra los cabellos: Electrización de la materia.
Clavo de hierro, alambre de cobre y pila AA: Electroimán.
Peine y fragmentos de papel de aluminio: Otra vez electrización de la materia.
Tubo fluorescente y globo: Electrización de la materia una vez más, generación de vapor de mercurio y fluorescencia.
Samuel.

«Al final el muy jodido desveló los misterios», pensó don Cristóbal emocionándose.
Hizo varios dobleces en el papel y lo guardó en el bolsillo de su americana. Luego se encaminó al salón de actos. Le estaban esperando.
***
En el aperitivo que siguió al acto de jubilación, unas de sus compañeras le dijo que la vida de Samuel se había decantado por los estudios de ciencias… y que había llegado a hacerse también todo un profesor de física.
Don Cristóbal se dio aire con la mano para evaporar cierto incómodo fluido que de repente impregnó la superficie de sus ojos.
No todo en la vida puede salir como uno imagina, se dijo.