LA REINA ROJA NO ADMITE TRAMPAS

Terminaba la jornada en el laboratorio de investigación genética. Las semillas irradiadas estaban germinando seis veces más rápido que las no irradiadas usadas como control. También se habían insertado genes de un agente patógeno para desarrollar propiedades plaguicidas, así como ADN de bacterias nitrificadoras para incorporar mayor cantidad de nitrógeno en un intento por estimular la producción de masa proteica. Además, se introdujo material genético antisentido para bloquear la enzima responsable del ablandamiento y senescencia del fruto maduro. Cereales, hortalizas y frutales pronto mostraron una resistencia a los herbicidas nunca antes vista, gran fortaleza frente a las plagas que cada año arruinaban las cosechas biológicas y un aumento exponencial en el contenido de proteína y azúcar. En un corto espacio de tiempo, estas nuevas semillas fueron liberadas al medio ambiente, sustituyendo los cultivos tradicionales y ocupando zonas deforestadas para cubrir las necesidades de una población con tendencias vegetarianas cada vez más robustas. Pequeños y grandes agricultores habían apostado por esta nueva variedad de transgénicos augurando producciones rápidas, abundantes y resistentes, desplazando así, cualquier otro tipo de cultivo convencional. Asimismo, por efecto de polinización cruzada, los genes extraños fueron rápidamente transferidos a las poblaciones silvestres dispersándose por todos los hábitats de forma incontrolada.
Y como suele suceder, la prisa por sacar al mercado una nueva gama de “superalimentos” mermaron los estudios clínicos más allá de las primeras cosechas. Durante la germinación de la planta, se detectó la síntesis de una proteína similar a la ricina que se destruía por hidrólisis natural en fases de crecimiento posterior. Ya se conocía que este tóxico se une de forma irreversible a los ribosomas de células eucariotas, inactivando la biosíntesis de proteínas y conduciendo a la muerte del individuo en un breve lapso de tiempo.
A pesar de ello, se aprobó su salida al mercado por ser indetectable en todas las especies durante la etapa de recolección. Sin embargo, la inserción del ADN extraño en una posición no deseada del genoma provocaba que dicha hidrólisis se fuera inactivando progresivamente de una generación a otra, aumentando silenciosamente la presencia de proteína tóxica hasta llegar a una concentración letal por ingestión masiva con el paso de los años. El envenenamiento paulatino de la población comenzaba causando vómitos y dolor abdominal. La ingesta continuada provocaba insuficiencia renal, hemorragias y hemólisis de glóbulos rojos hasta llegar al fallo multiorgánico.
Los que no murieron por intoxicación, padecieron la hambruna derivada de la escasez de alimento tradicional, creando una crisis humanitaria sin precedentes. La Maldición de Malthus se cumplía paso a paso. Bajo este marco de precariedad, la aparición de guerras y enfermedades no se hizo esperar. Si bien los genes antibióticos evitaban las plagas en cultivos, destruían el sistema inmunológico en humanos, recrudeciendo las pandemias por aparición de cepas patógenas más resistentes que diezmaban la población. La proteína tóxica se propagó por las cadenas tróficas desde los grandes depredadores hasta los microorganismos del subsuelo, causando estragos en la comunidad animal. Mientras tanto, los pocos recursos naturales desaparecían dramáticamente y se establecía la ley marcial para el abastecimiento civil.
Los científicos recurrieron entonces al Banco Mundial de Semillas, una enorme bóveda subterránea donde se almacenan las semillas de todas las plantas de cultivo con objeto de salvaguardar la biodiversidad. Sin embargo, estas especies convencionales jugaban en clara desventaja al no mostrar la misma fortaleza frente a los agentes externos ni la misma adaptabilidad al medio.
Paralelamente, empezó a producirse lo que hoy en día está siendo observado en el área contaminada de Chernóbil, donde segundas y terceras generaciones de mamíferos, aves e insectos han desarrollado en tiempo récord inmunidad a la radiación por cesio-137.
En la nueva realidad, la exposición continuada al derivado de ricina provocó la muerte como primer impacto en la población. No obstante, las generaciones sucesivas fueron tolerando mayores cantidades de proteína al modificarse el mecanismo de acción en el ribosoma por adaptación evolutiva para mantener su statu quo. El nuevo complejo era indispensable para completar la biosíntesis de proteínas y por tanto, dependiente de la proteína tóxica. Paradójicamente, los cultivos tradicionales ya no satisfacían las necesidades de nutrición en una población que se veía obligada a alimentarse exclusivamente de transgénicos.
La descontrolada introducción en alimentos de nuevos genes derivados de virus, insectos y especies que nunca habían formado parte de la alimentación humana, tuvo consecuencias imprevisibles que se manifestaron al cabo de varias generaciones, provocando la proliferación de enfermedades hasta la extinción masiva de organismos. La alteración genética en aras de mejorar los recursos naturales sucumbía frente a la Selección Natural.

Quedaba patente que si se obvian las reglas de la Naturaleza, esta te devuelve a la casilla de salida, pues al fin y al cabo es ella quien marca las normas del juego.