Confinados

Bajo mi vientre se extiende un lecho esferoidal, con sus montañas y sus valles, sus chimeneas y sus erupciones. La bóveda, lisa y blanca, lejana, engloba el lecho y protege el mundo. O eso creemos. Porque este universo está sujeto a violentas deformaciones periódicas que provocan, de vez en cuando, la ruptura de la bóveda. Son eventos sobrecogedores que nos hacen enmudecer y desear que una vez más todo retorne a su estado de equilibrio. Con las rupturas aparecen corrientes que nos sacuden y arrancan parte de nuestro hábitat. Casi siempre las grietas se cierran al poco, dejando tras de sí enormes cicatrices rojas como señal y señuelo de la vida que llevamos. Decían los antiguos que nada hay más allá de la bóveda protectora, fin del mundo.

En estos tiempos, sin embargo, nos intrigan las rupturas. Hemos hecho preguntas y ya comienzan a llegar respuestas. Justo tras la última deformación ha circulado una sorprendente novedad: parece que las cicatrices de la bóveda incorporan, en la parte más alejada del lecho, cierto tipo de material concordante con nuestra química, pero de composición nunca antes observada. Algunos, tachados de descreídos, lo interpretan como una posible conexión con otros universos. Qué escalofrío… y qué placer. Porque, ¿de dónde el miedo, si no de la ignorancia?

El recorrido entre el lecho y la bóveda me lleva algo más de día y medio. Como me incomoda atravesar los niveles donde se mueven los grandes, hace tiempo que no me acerco a las cicatrices. Pero tras la noticia no me he podido resistir. Ahora ando buscando con cierta ansiedad irregularidades que revelen alguna ruptura reciente. Aquí, aquí comienza una vía que penetra en la bóveda. Está caliente. La recorro en busca de no sé bien qué, llevada por la intuición. Hay varios lugares donde parece que absorbe material, si me acerco demasiado siento una fuerte succión. Es una señal de alerta y vuelve el miedo. ¿A dónde van estos retales de mi mundo? ¿Y si no fuera algo inaprensible lo que me asusta?

Zeus III ha estabilizado su órbita alrededor de la pequeña luna y el módulo de superficie Minos está listo para intentar el alunizaje. Las tres misiones Juno tuvieron un éxito parcial en la exploración del sistema joviano, así que a alguien se le ocurrió cambiar a los romanos por los griegos, a ver si otros dioses eran más propicios. Zeus I y II corrieron una suerte dispar. La primera consiguió el alunizaje de su módulo y envió unas magníficas imágenes de detalle de los terrenos caóticos de Europa. El módulo orbital de la segunda fotografió exhaustivamente las zonas polares pero nunca recibió señales del módulo de superficie, que más tarde fue localizado dentro de una zona lenticular fundida. Desde entonces han pasado más de dos décadas y se ha optimizado la tecnología de sondeo y estudio del subsuelo. También tuvieron éxito las últimas misiones tripuladas a Marte, que han permitido establecer una colonia semi-permanente en el planeta. Minos lleva un hombre a bordo. Aunque se acerca de manera controlada a la región prevista, el alunizaje podría verse dificultado por una fractura reciente, según delatan varios géiseres alineados que escupen material del interior hasta varios kilómetros de altura sobre la superficie.

Una onda de presión acaba de llegar hasta mi cabeza.

Minos ha alunizado. Tras comprobar que el módulo está estabilizado y que el géiser más cercano no representa un peligro inminente, el tripulante comienza la perforación. No tiene mucho tiempo.

Algo sucede sobre la bóveda. Es como si alguien llamara a mi mundo, pidiendo entrar. Parece cercano y sus maneras resultan groseras. Tensa, escucho y espero.

Minos ha tenido suerte. Las zonas de ruptura recientes son mucho más delgadas que la gruesa capa de hielo. En unas horas ha sido posible alcanzar la capa líquida, el océano de Europa, el lugar con más posibilidades de albergar vida del Sistema Solar.

Quien pedía entrar no espera respuesta. Está construyendo su propia puerta.

La presión en el perforador se libera. Europa responde con un tremendo géiser que lanza desde sus entrañas hielo, agua y una variedad de materiales amorfos. Minos se tambalea.

Soy succionada a través de la bóveda, más allá del fin del mundo. Privada de mi medio, apenas tengo tiempo de ajustar la visión para atisbar un vertiginoso abismo negro lleno de luciérnagas. Nunca sabré que en el universo que hoy abrió la puerta las llaman estrellas.