La especie dominante

Odio los atascos. Hoy, la saturación es tal que necesito utilizar una vía alternativa, mucho más larga y lenta. Cuando por fin logro conectarme, la reunión ya ha empezado, aunque parece que no me perdí nada interesante: los responsables de todos los cuadrantes, coincidiendo con mis propios cálculos, están de acuerdo en que el tiempo continuará soleado y caluroso, sin precipitaciones a la vista. Suspiro. De pequeño, creí que la meteorología sería apasionante. Debió ser imprescindible hace miles de generaciones, cuando nuestra especie emigró desde las zonas tropicales. Saber si al día siguiente llovería o no y, en consecuencia, decidir cómo administrar las reservas de agua podía ser cuestión de vida o muerte. Ahora, la previsión del tiempo no es más que una curiosidad marginal en el canal de noticias.
La junta me resulta especialmente pesada; estoy deseando que termine para ir a cuidar de mis preciosos niños. Tras dos largas horas, concluyen las tareas. Un grito alarmado me sobresalta cuando estoy a punto de marcharme:
–¡Alto todo el mundo! ¡Estamos en grave peligro!
Es Jordan, un excéntrico edafólogo que vive a las afueras de la ciudad. Recuerdo que fuimos compañeros de departamento cuando empezamos a trabajar en el Instituto del Medio Físico. Era un chico divertido, aficionado a los relatos de terror y lo sobrenatural, pero, tras mi ascenso, sus historietas dejaron de parecerme divertidas.
–Llega tarde, señor Weed, por tercera vez –le reprende su superior–. Hoy ya se ha determinado con exactitud el nivel freático.
–Señor Highgrowth, los Registros anuales… –insiste–. Siempre hemos pensado que finalizan en las fiestas del Nacimiento, ¡pero no es así! Las escrituras se interrumpen de manera abrupta, año tras año, como si hubiera ocurrido algún desastre. ¡Deben escucharme!
–¡Esto es el colmo! ¡Está despedido, Weed! Busque trabajo como historiador, si lo prefiere.
El señor Highgrowth se desconecta, y todos seguimos su ejemplo. ¡Pobre Jordan! Leer tanta ficción debe haberlo trastornado. Seguro que sus hijos están desatendidos y servirán de tributos. Por suerte, los míos crecen sanos y fuertes. Cuando regreso a su lado, se encuentran plácidamente dormidos, ajenos al calor, y verlos hace que olvide todas mis preocupaciones. La tristeza y la emoción me embargan a partes iguales al pensar que pronto estarán listos para abandonarme. Tras arroparlos bien, me relajo y conecto con las noticias. Hablan sobre la ola de calor sin mucho entusiasmo y recomiendan ser cautos con las reservas de agua.
No soy consciente de haberme dormido hasta que una conexión entrante interrumpe mi siesta. Cuando descubro que se trata de Jordan, supongo que vendrá en busca de un amigo para lamentar su despido. Sin embargo, apenas le saludo comienza a acribillarme con sus locuras sobre los Registros. Intento tranquilizarlo sin ningún éxito.
–No puedo calmarme, Sam; algo no va bien –se impacienta–. Ayer perdí todas las comunicaciones con Newshire.
–¿Esos sureños? Habrán empezado el Nacimiento antes de tiempo.
Él guarda silencio un segundo.
–Creo… que fueron los animales –confiesa en un susurro.
No puedo contener la risa. Dicen que la domesticación de los animales es la principal causa de que nos hayamos convertido en la especie dominante del planeta. Los hemos subyugado artificialmente, otorgándoles a nuestros retoños más débiles para que puedan alimentarse. A cambio, ellos han construido nuestras ciudades y nos han permitido expandirnos por todo el mundo. ¿Cómo podrían esas bestezuelas ser una amenaza para nosotros?
–Piénsalo, Sam. Vivimos gracias a ellos. Nos dan de beber y nos hacen más fuertes. Nos purgan a su antojo, hasta el punto de que todos somos prácticamente idénticos, porque procedemos de una sola madre, grande y gorda, clonada miles de veces. Los animales no nos defienden, ¡nos devoran! Siempre en la misma fecha. ¡Debemos hacer algo!
Decido cortar la conversación con él.
–Adiós, Jordan. Necesitas descansar.
¡La rebelión de los animales! ¡Solo él podía maquinar semejante estupidez! Realiza varios intentos para retomar la comunicación, pero le ignoro. Prefiero disfrutar de la lluvia de la tarde y arrullar a mis niños para que pasen una buena noche.

Al día siguiente, me despierto en medio del Apocalipsis. La tierra tiembla bajo el avance de los artefactos que tan tiernamente nos habían cuidado. A mi alrededor, todos los vecinos gritan. Una fuerza brutal los arranca de cuajo, uno por uno, y extirpa ávidamente a los niños de sus tallos. Según desaparecen, el raudal de información que circula a través de la conexión entre nuestras raíces se interrumpe y, progresivamente, el mundo se vuelve oscuro y silencioso. El pánico me invade al comprender que Jordan tenía razón y que mis hijos jamás llegarán a germinar. Mientras me aferro al suelo desesperadamente, esperando lo inevitable, me pregunto si quizá, en realidad, es el ser humano quien ha domesticado al maíz.