La última araucaria milenaria

Parece que mi tiempo se acaba. Ráfagas de viento enrarecido con el aroma de la combustión me traen las peores noticias. Llueven cenizas a mi alrededor y el humo ya vela el sol. Mi peor enemigo me tiene finalmente rodeada. Puedo oler como se consume la materia de mis jóvenes vecinas, oigo como sollozan y crujen de una en una al sentir la caricia de las llamas. Siento tristeza por ellas, la mayoría no ha visto ni cien primaveras pero este fuego es implacable. En minutos es capaz de devorar nuestra materia y liberar la energía solar que durante tantos años nos esforzamos en atrapar en nuestros propios tejidos en forma de energía química.

No es el primer fuego que veo en esta región austral del planeta. Llevo aquí cerca de 3.500 años y he visto a los volcanes araucanos escupir lava, cenizas y fuego las pocas veces que despiertan de su sueño geológico. Con su airado despertar aniquilan los árboles que ingenuamente se asentaron en sus laderas. No les culpo, eran jóvenes y aún no sabían que en nuestro planeta todo está vivo de alguna manera pues todo nace, se transforma y finalmente muere. Incluso esos bellos volcanes coronados de glaciares acabarán sus días desmenuzados por la erosión, desperdigados en fértiles valles e incluso en el lecho marino del océano Pacífico. Todo depende de la escala temporal con que se observe.

Pero este fuego es diferente, nunca en mi larga vida sentí su calor tan cerca como para marchitar los líquenes fibrosos que tapizan mi gruesa corteza. En esta ocasión las llamas están ganando la batalla pues el bosque está débil. Llevamos casi dos décadas pasando sed, cada vez llueve menos en esta zona y las nevadas del invierno ya no son suficientes para compensar el derretimiento de los últimos glaciares que resisten en las cimas volcánicas. Los vientos húmedos del Pacífico que daban vida a nuestros bosques nos han abandonado. Algo les ha forzado a migrar su ruta más al sur y del norte llegan noticias preocupantes: Atacama, el desierto más árido del planeta, avanza implacable por el valle central.

Estarás leyendo esto con preocupación, preguntándote cual es la causa de tanto desajuste en nuestro clima. Lamentablemente has de saber que tu especie está detrás de todo esto. Ya sé que piensas que es imposible, que tú no has tenido nada que ver pues ni siquiera has pasado un día en este Hemisferio austral. Yo también estoy muy sorprendida de lo acontecido con tu especie. Al principio os integrasteis perfectamente en nuestro ecosistema, respetabais la vida y sólo consumíais lo necesario para sobrevivir. Incluso recuerdo cómo disfrutabais de mi refrescante sombra en los veranos y lo agradecidos que estabais por los piñones que os regalaba cada otoño. Lamentablemente muchos ya no recordáis nada de esto.

En los últimos dos siglos habéis adoptado un ritmo de desarrollo vertiginoso, os multiplicáis en número y consumís cada vez más compulsivamente la energía lumínica que durante millones de años acumularon en sus tejidos mis antepasados y otros parientes vegetales. Por saciar vuestra interminable sed de energía habéis contaminado la atmósfera, alterando el balance radiativo y el patrón de los vientos de nuestro planeta. La sequía en nuestro bosque no es un hecho aislado, está sucediendo en latitudes medias de todo el Hemisferio austral y es consecuencia de estos desarreglos del clima. Sin daros cuenta habéis pasado ya el umbral de los 7 billones de personas y os seguis expandiendo a un ritmo insostenible. Os consideráis la especie más inteligente del planeta y, sin embargo, os comportáis como el ser más simple conocido, el virus, tan primitivo que hay debate científico sobre si realmente es una estructura biológica viva. Al igual que un virus, vosotros también sois estrategas de la R, os multiplicáis a expensas de vuestro huésped sin preveer que, al igual que una célula, la Tierra tiene recursos finitos. Como sois tan inteligentes ya sabéis lo que sigue: el virus se extiende, agota los recursos de su huésped y lo destruye en el proceso, quedando luego en estado inerte (virión) hasta encontrar una nueva víctima. ¡Pero vosotros no tenéis más Tierras ni la capacidad de convertiros en viriones!

Para mí desafortunadamente ya es tarde, las cenizas ahogan mis estomas y las lluvias del Pacífico se olvidaron de estas tierras. Vosotros todavía estáis a tiempo de actuar. De vosotros depende, podéis ser recordados como la especie más prodigiosa de nuestro planeta o como un simple virus, ¡no me defraudéis!