Seiscientos euros

Giró con habilidad el micrométrico y el objetivo de inmersión descendió suavemente hasta que la lente tocó la gota de aceite que cubría la muestra. El azul de metileno que teñía los núcleos celulares centelleó en sus pupilas y sintió una emoción mayor que la que le podría haber proporcionado contemplar una puesta de sol sobre un mar en calma; no había ni rastro de células tumorales. Los resultados en ratones de aquel nuevo fármaco eran esperanzadores; en pocos años, se podría desarrollar una nueva quimioterapia más efectiva que las actuales y sin apenas efectos secundarios. Registró los resultados en el ordenador y, tras guardar la muestra catalogada, apagó el microscopio, colgó la bata en el perchero y salió del laboratorio. Tras varias horas de trabajo, sus conjuntivas estaban irritadas y le costó acostumbrarse al brillo de la luz natural. Se dirigió a la cafetería, situada en un edificio anexo, mientras consultaba en el móvil los últimos wasaps que había recibido; tenía dos mensajes de dos contactos distintos. El primero era de Paula, la bióloga que estaba empezando en el proyecto de reprogramación celular. Le proponía que comieran juntos al día siguiente, con la condición de que ella pagara la cuenta. Una pequeña sonrisa se dibujó en la sustancia gris de su corteza cerebral, pero evitó manifestarla en sus labios hasta leer el segundo mensaje, de su hermana: «Ya nos han dado el resultado de la biopsia, el tumor es maligno. Mañana empieza el tratamiento, así que tienes que volver para encargarte del bar». Se quedo parado mientras sus neuronas procesaban la información y, tras unos segundos, miró al cielo tratando de confirmar que el líquido que corría por sus mejillas procedía de la respuesta dada por sus glándulas lacrimales al estímulo recibido y no de una lluvia imposible en un cielo despejado. Respiró hondo para restablecer el dominio sobre sus emociones y comenzó a escribir, de forma metódica, los mensajes que tenía que enviar. En primer lugar, le contó a su jefa de equipo que renunciaba a la beca; después, le hizo saber a su casero que tenía la intención de dejar el piso de alquiler; por último, rechazó con amabilidad la invitación de Paula sin contarle que, con seiscientos euros mensuales, le era imposible continuar viviendo en aquella ciudad en la que se quedarían el trabajo soñado y la chica perfecta para iniciar una bonita historia de amor.