El científico y el objeto de experimentación

Se encontraba realizando la prueba diaria consistente en introducir la mano enguantada en un orificio grande, conseguido a través de expansores, en la región del estómago de la vaca Mechita, animal de laboratorio, recluida a tiempo completo en cuatro paredes estrechas.
Decía a los espectadores y financiadores del proyecto: “No le duele, no siente nada”.
Con la muestra, consistente en yerba mojada, además de ácido gástrico y otras secreciones estomacales, se dirigía al laboratorio. En medio de tubos de ensayo, mecheros, microscopios, entre otros utensilios de los científicos, que suelen encontrarse en esos ambientes, realizaba experimentos con objetivo desconocido, pues la investigación era secreta.
Todos los días cumplía, a carta cabal, con el itinerario, retirándose a disfrutar del jugoso sueldo que recibía por el desempeño de sus funciones. Asistía a eventos de divulgación científica, le abordaban periodistas de todo el país e incluso del extranjero, a los que respondía sin dar detalles. Se convirtió en el personaje más conocido del área.
La gente le pedía autógrafos, solicitábanle fotografías, los jóvenes estudiantes y profesionales acudían a él para pedirle consejo. Disfrutaba de la reputación adquirida.
A sus hijos les contaba como realizaba el proceso, de manera meticulosa, sin olvidar detalles. Los muchachos, que desde temprana edad fueron educados de acuerdo a la profesión del padre, veían lo explicado como el hombre temeroso ve la religión bajo la cual nació; sin cuestionar.
Ese día acudió al “trabajo” muy emocionado, pues el día anterior obtuvo favorables resultados que casi ponían punto final a la primera etapa de la búsqueda. Escuchaba cierta música contemporánea de su agrado, tarareando las melodías que se repetían una y otra vez, vestido con el mandil siempre blanco, así también, utilizaba los lentes de marcos negros.
Mechita gemía e intentaba adivinar por enésima vez qué hacía el doctor, pues siempre sentía que algo se introducía en su interior. La sensación era extraña, durante mucho tiempo sintió dolor en el área abierta; tenía problemas de salud, nuevos, desde que fue vendida al laboratorio “N y N”, siendo apenas adulta.
Sentía indescriptible terror por los hombres de blanco, el recuerdo que tenía de ellos no era grato, pero no lograba entender porque siempre despertaba en el mismo lugar, tan desprovisto de colores. Le ponían inyecciones, comían “alimentos” sintéticos, le sometían a rigurosos exámenes en máquinas extrañas.
Para el doctor, Mechita era simplemente un objeto de experimento, desprovisto de sentimientos.
Por inquietud se volteó, mirando por primera vez con detenimiento su rostro. Una lágrima se perdió en el pelaje.
FIN.