CARTAS A LA TIERRA

Querido Ramón. 30/10/2910

Hijo mío, este papel hasta hace poco en blanco solía ser la reliquia de nuestra familia. Mi abuelo Miguel me lo encomendó a la edad de mis dieciocho años, y hoy, veinte años después te lo cedo a ti, pero ahora escrito. Repleto de palabras que solo tú puedes comprender, por desgracia no tengo hueco con el que caligrafiar las nanas, aquellas que te recitaba todas las noches antes de dormir y que también mi abuelo recitaba para mí. Fue gracias a este hombre que hoy por hoy sé leer y escribir, atesoro en mi memoria los recuerdos de su voz ronca mientras me relataba lo que a su vez su padre le enseñó. En el piso 1942 de la nave Oriola vivía tranquilo junto a tu bisabuela Josefina, antes de ser encarcelado. Siempre que el abuelo Miguel me contaba cosas sobre la Tierra, ella le replicaba –No lo escuches Manuel, está loco –me decía, y él haciendo oídos sordos proseguía –Mi padre de niño vivía en la Tierra. Siempre comenzaba su historia con la misma introducción, y después miraba estos folios e imaginaba como era la vida diaria allí. –Manuel aquello era increíble, la tecnología convivía con el papel, todo el mundo poseía una pluma con la que escribir y muchos folios, montañas de ellos todos en blanco esperando el amor de la imaginación humana. Aquellas historias a mí me fascinaban, no podía llegar a imaginarme un mundo donde la gente no solo escribiese con números. Nadie a bordo lo entendería, ni tan siquiera mi padre. Aquel hombre nunca supo valorar el poder de las letras, fue por ello que cayó influenciado ante las dogmáticas enseñanzas del general Almarcha, antiguo maestro de su padre a la vez. Aún me duele recordar la forma en la que ese hombre viejo hablaba de mi abuelo, en todos los sermones sobre el bienestar de la tripulación los domingos. Al llegar a casa, siempre oía a mi padre refunfuñando – Almarcha tiene razón, sino hubiera sido por los números nuestra especie hubiera muerto con la Tierra, y tu abuelo solo sabe incordiar con sus estúpidas letras, este buque no se moverá con palabras y tampoco necesitamos aprenderlas.- El nunca subió a visitar a Miguel, hasta que un día me lo prohibió a mí también y esta vez bastante enfadado insistía. Por supuesto que fui como cada día, pero esa mañana en la mirada de Josefina se podía ver reflejado el miedo. Miguel, sin embargo, me recibió con los brazos abiertos como cada día, aunque más contento que de costumbre. Aquella vez tenía algo muy prometedor que contarme y en un tono orgulloso comenzaba a relatar cómo se sirvió de sus contactos, aquellos que aún tenía de cuando ejerció en la milicia de nuestra nave Oriola, para introducir en el sistema central de mando un virus. Viento del Espacio, así se llamaba el virus que convirtió todos los números de los ordenadores en letras, es por eso que mi padre estaba tan sumamente enfadado y aunque fue todo un éxito, Almarcha no tardó en salir a desmentir que solo se trataba de un mantenimiento y nada más. Pero para Miguel era suficiente, ambos reíamos mientras veíamos a través del monitor al general cosido a preguntas, una detrás de otra no sabía cómo responderlas porque no imaginaba lo que en realidad significaban aquellos signos. Poco duró nuestra alegría, al darse cuenta mi padre de mi ausencia no dudó en venir a casa de mi abuelo. Josefina lo detuvo en la entrada, llorando, implorándole a su hijo que se detuviese, pero de poco sirvió. Seis guardias a sus órdenes le seguían a su paso y él, vestido de uniforme con las manos tras la espalda, sujetando la una a la otra elegantemente. Irrumpió en el salón y dijo. –Exteniente Don Miguel, será usted juzgado por desacato contra la milicia. –Mientras se llevaban a Miguel, mi padre añadió “Parece que esta vez los números ganan” y nunca más volví a ver a mi abuelo. Hijo mío, mi abuelo Miguel murió en la cárcel, de igual manera para mí este buque también es una cárcel y llevo soñando con la libertad desde entonces. A mi abuelo se lo debo, él siempre creyó firmemente que la apacible vida en la Tierra fue destruida por esos dichosos números y por las armas que crearon. Si fue así, tal vez y solo tal vez, pueda volver allí y escribir una nueva historia para todos, una nueva vida para tí. Es por ello que me despido con letras de mi puño y parto a la Tierra. Imploro tu perdón, pero no quiero que pienses que te abandono hijo mío, sangre de mi sangre, en tus versos queda juzgarme.