El laboratorio de mi padre

Me crié entre pipetas, redomas, microscopios y cobayas. Mi padre tenía un pequeño laboratorio en casa, era su forma de conciliar la vida laboral con la familiar. Incluso durante las comidas su pensamiento estaba en otro lado, lejos de allí. Se le veía ensimismado y de vez en cuando tomaba notas en un cuaderno de piel que siempre le acompañaba. Cuando le hablaba de mis éxitos escolares, le preguntaba una duda o hacía cualquier comentario sobre cuestiones intrascendentes mi padre me dedicaba un segundo de atención, respondía brevemente y me revolvía un poco el pelo. Yo me sentía feliz de haber despertado su interés aunque sólo fuera un instante. Después volvía a ser invisible durante horas. Mi madre me pedía que no le molestara, me decía que era un científico muy importante y que tenía que concentrarse en su trabajo, pero yo no quería al investigador, deseaba a mi padre y envidiaba a mis amigos cuyos padres les llevaban al fútbol y a merendar los domingos. El mío estaba encerrado en su laboratorio donde perdía la noción del tiempo y no se acordaba de comer, cenar o de charlar con su familia.
He de decir que sentía celos de esos ratones blancos a los que cuidaba con tanto esmero y a los que prestaba más atención que a mí, o del microscopio al que mi padre miraba más que a mí, o de ese cuaderno que siempre le acompañaba y que era más importante que mi libreta de notas o mis deberes escolares.
Un día lluvioso no salí a la calle a jugar al balón con mis amigos, y eso que me habría encantado saltar en los charcos. Ya había hecho mis tareas y decidí leer un rato. Cogí el libro “Miguel Strogoff” de Julio Verne y continué por donde me había quedado, cuando le queman los ojos al correo del zar. En ese momento entró mi padre en el salón y me vio enfrascado en la lectura. Se sentó a mi lado en el sofá y me empezó a contar que de niño también leyó ese libro, me hizo algunas preguntas y estuvimos charlando un buen rato. Me dijo que estaba muy orgulloso de mis notas, de mis progresos en matemáticas, ojeó el álbum de cromos y prometió comprarme unos sobres. Me di cuenta de que aunque siempre parecía un genio despistado vagando por la casa, o encerrado en su laboratorio, estaba atento a lo que le contaba y que le importaba todo lo que me concernía. Creo que fue el día más feliz de mi vida.
Cuando me preguntó qué regalo quería por mi cumpleaños deseché el coche teledirigido, la bicicleta, el tren eléctrico o el disfraz de superhéroe y le dije que lo que más deseaba era pasar toda la tarde con él, y aunque me contestó que me aburriría yo insistí en que era eso lo que más deseaba, tenerle sólo para mí. Mi padre sonrió y me alborotó el cabello como solía hacer, al tiempo que me prometía que tendríamos esa tarde especial.
Lo pasamos de maravilla, me convidó a merendar unas deliciosas tortitas con nata y chocolate, me compró cromos y golosinas y me llevó al cine. Durante el camino de vuelta fuimos comentando la película, diciendo tonterías y riendo.
Al llegar a casa ocurrió lo mejor del día de mi cumpleaños, mi padre dijo que ya era suficientemente mayor para entrar en su laboratorio y ayudarle. Creí que el corazón se me iba a salir del pecho de la emoción. Me puso una bata blanca pequeña que había encargado para mí y me permitió que le diera el instrumental o que mirara por el microscopio. No sé si estuvimos cinco minutos o cinco horas pues yo también perdí la noción del tiempo y entonces comprendí a mi padre. Amaba lo que hacía y ponía todo su entusiasmo y dedicación, y ahora quería compartir conmigo ese amor por su trabajo, por la investigación.
Aunque mi padre realizó su aportación a la ciencia no fue Ramón y Cajal, Pasteur o Pierre Curie, su nombre no quedará grabado en letras de oro, ni se hablará de él en las enciclopedias. Han pasado más de 30 años desde aquella tarde feliz cuando descubrí su laboratorio. Yo no lo he olvidado, él, sin embargo, no es capaz de recordar casi nada. Muchas tardes se sienta en una butaca en el laboratorio a verme trabajar, y cuando le dirijo una mirada, o me acerco a él y le abrazo me sonríe, y a veces, en algún momento de lucidez me da indicaciones sobre la forma de utilizar el microscopio como hizo aquel día de mi cumpleaños. Luego vuelvo a enfrascarme en mi trabajo y me pregunto si alguna vez daré con la cura de la enfermedad de Alzheimer.