Una (de las muchas) injusticia histórica

Todo requiere de un cúmulo de circunstancias para un reconocimiento que raras veces llega.
Especuladores, aprovechados, oportunistas, ladrones, desaprensivos, caraduras, avasalladores, bravucones, mentirosos, pretenciosos, … éstos son los triunfadores a lo largo de la historia. Evidentemente, de los que no lo son alguno sale triunfador.
La historia está llena de gente que tras una lucha por el reconocimiento de sus hechos y derechos o de los demás, acaban asesinados, ultrajados, menospreciados, arruinados, humillados, excluidos, recluidos, vilipendiados, marginados, acorralados, … Pero eso sólo les pasa mientras están en ‘su lucha’, porque cuando por la causa que sea ya no lo están, quedan definitivamente olvidados. Pero si algún recuerdo quedase sería el mismo que mientras luchaban, pues se diseña un escenario en el que aparecen como locos o idiotas, entre otras cosas.
Como un ingeniero, que por problemas políticos en su país tuvo que emigrar con su esposa a Cuba, donde encontró trabajo como tramoyista. Posteriormente, se trasladaron a Estados Unidos, y una vez allí se dedicó a muchos negocios, como fabricar pianos, barómetros, cerveza, sombreros, … y también fabricó velas de parafina en el taller de su casa, que hasta aquel entonces se hacían a base de sebo y cera de abejas. Y entre sus inventos está el de crear un nuevo sistema de galvanización, un sistema de depuración de agua y varios más. Pese a todo ello, siempre tenía graves problemas económicos.
Su mujer llegó a tener tales problemas reumáticos que quedó prácticamente inválida y sin poder moverse de su habitación. Por lo que el ingeniero ideó un aparato para comunicarse con ella desde su taller que estaba en su propia casa. Este invento fue el desarrollo de una serendipia de sus años en Cuba mientras utilizaba un aparato, que también ideó él, para aliviar los dolores reumáticos de algunos pacientes de unos amigos médicos.
El aparato para comunicarse con su mujer vio que tenía grandes posibilidades, como otros muchos que creó, y quiso patentarlo. Pero simplemente hizo un aviso de patente (caveat) por problemas económicos, que lo renovó los dos años sucesivos nada más. Mientras tanto, se lo enseñó a un amigo al que le dejó un prototipo y la documentación con la confianza de que pudiera comercializarlo. Pero se fue con todo y nunca más supo nada de él ni de su ingenio. Ni para bien, ni para mal.
También lo presentó en una gran empresa y le dijeron que lo dejase allí y le avisarían para hacer una presentación. Hecho que no solo nunca llegó sino que al cabo de los años de insistir, y viendo que nunca tenían tiempo, les reclamó la documentación y el prototipo a lo que le respondieron que se habían extraviado.
Al poco tiempo, patentó su invento una persona que, casualmente, había trabajado en el laboratorio de la empresa donde había dejado el prototipo.
De nada le valió poner demandas, pues la otra persona era adinerada e influyente. Y él apenas tenía dinero para vivir y además tenía dificultades para hablar en inglés. Y pese a los años de esfuerzos en busca del reconocimiento, cerraron el caso cuando éste falleció.
Tampoco ha servido de mucho que el Congreso de los Estados Unidos en el año 2002 le reconociera la autoría del invento.
Hoy en día si preguntas a alguien quién fue el inventor del teléfono, la gran mayoría dirá que Alexander Graham Bell. Y cuando le digas que no, que fue Antonio Meucci ni les sonará el nombre.