Universo

Miró de nuevo por la ventana en el intento de cincelar en su mente las montañas aterciopeladas que se perfilaban en el horizonte. Un rayo de sol le estranguló. Una infinita nostalgia se deslizó por sus mejillas.
Desplegada sobre la cama estaban las pocas cosas que le acompañarían en el exilio.

Suspiró. Eligió tres libros de la inmensa estantería que acomodó entre la ropa mullida. Sus libros, aquellos amigos que le habían presentado a su gran amor: el Universo. No podía llevarse ninguno más, era imposible meter más cosas en el exiguo contenedor de su maleta, ni más peso en las estrictas normativas de la aerolínea que no entendía de tristezas ni de misericordia.

— ¿Estás lista? —la voz maternal navegó desde el pasillo y se coló por los poros de su piel.
—Sí, ya voy.
—Date pisa, no te dará tiempo a pasarte por la facultad a despedirte.

Se acercó a la mesa. Sobre la superficie pulida por las horas de estudio reposaba el vórtice del vendaval desatado en las últimas semanas. El principio de una nueva vida. El final de una larga espera. Una notificación que no por deseada había dejado de ser la causa del dolor que le aguijoneaba en esos momentos: una beca Marie Curie para proseguir con sus estudios posdoctorales en la universidad de Cambridge. La oportunidad de seguir indagando en la profundidad del universo, allí en la oscuridad infinita se escondía supernovas, galaxias y planetas lejanos. Un punto y seguido de futuro incierto y presente doloroso.

Sin embargo, a pesar del éxito, no podía dejar de preguntarse por qué. Por qué aquí no interesaba lo que parecía merecedor de la admiración fuera. Por qué nadie le había dado una oportunidad para no tener que dejar de ver sus amadas montañas. Por qué no habían bastado los tres idiomas y la mención cum laude en el doctorado. Por qué tenía que echar la llave a su vida. Tantas puertas se habían cerrado que aquellos que las custodiaban de forma egoísta y mediocre le habían hecho dudar.

Por unos instantes breves e intensos sintió como el esfuerzo de años, las negativas, los desaires se convertían en rabia incandescente. La sintió abrirse camino a través de su pecho como las ratas huyen del fuego.

—Vamos, llegaremos tarde —volvió a gritar la voz de su madre enfriando la lava que ardía en su interior.

Cogió la cámara de fotos, se acercó a la ventana y la abrió. El otoño le acarició con la dulzura de las hojas caídas y la lluvia mansa de octubre. Sacó una foto con la vana esperanza de capturar el olor a tierra mojada, el susurro del viento, la suavidad de las laderas montañosas, los sonidos de su calle, el alma de su tierra. Miró al cielo donde se escondía lo que tanto amaba.

—No seas tonta, volverás. No te vas para siempre —susurró.

Cerró la maleta. Al elevar la vista se topó con el causante de todas sus alegrías y su actual desdicha: El Universo. El misterio de los agujeros negros, rezaba en letras doradas. Hace años, cuando se zambulló en aquel libro, descubrió el mundo al que quería pertenecer, el mundo por el que lo había sacrificado todo, el mundo que le arrancaba de su existencia.

Volvió a escuchar a su padre susurrando a su oído infantil:

—Tú puedes ser lo que quieras, no dejes que nadie te diga lo contrario. No permitas que nadie jamás te haga creer que no puedes. Haz siempre lo que el corazón te dicte.

Sintió los latidos rítmicos y armoniosos en su pecho. Cerró los ojos. Su alma vibró de nuevo con las palabras de su padre: Tú puedes ser lo que quieras… Haz siempre lo que el corazón te dicte.

Cogió la maleta. En la frontera que marcaba la puerta se volvió.

—Sí papá, las estrellas son mi destino —susurró.