LOS QUIRÓPTEROS GIGANTES

LOS QUIRÓPTEROS GIGANTES

Seudónimo: POLIFEMO

El. Dr. Luigi Castelli y su esposa Claudia, llegaron a Coímbra un cálido Julio para participar en unas Jornadas Científicas. Sin embargo, desde el hotel, la ciudad parecía derramarse por un valle verde y fresco. El Dr. Ribeiro, miembro del Comité Organizador, se acercó a saludarlos, subieron a un viejo Mercedes de color blanco, atravesaron el puente sobre el río Mondego y a través de una calle angosta y empinada llegaron a la explanada de la Universidad. El conserje, llamado cariñosamente Nunín, los acompañó hasta un patio porticado con reminiscencias góticas.
- Es una auténtica reliquia- comentó Castelli, sin constatar que Claudia se había retrasado al descubrir en el jardín una lápida de mármol blanco envejecido, en la que se podía leer:
Aquí yacen los restos de Mario Carvalho da Souza. Año 1875".
Corrió ligeramente hasta alcanzar al Prof. Ribeiro y preguntó:
-¿Quién era Carvalho?-
-Un funcionario de la Universidad de Coimbra que durante años ejerció de vigilante y bibliotecario.- contestó el Prof. Ribeiro. Claudia insistió:
-¿Tan ejemplar fue su profesionalidad como para perpetuar su memoria?-
El Dr. Ribeiro, con gesto glacial, respondió:
-La posteridad no sólo se alcanza por haber sido un profesional intachable, sino también, por todo lo contrario.-
Hizo una pausa silenciosa y continuó:
-Es una historia increíble. Carvalho fue contratado como vigilante diurno de la Biblioteca Joanina para conservar sus salas lacadas de bermellón y verde, las estanterías revestidas de maderas exóticas, los dorados y policromados, y el suelo de piedras combinadas dibujando figuras geométricas y motivos florales. Solía pasear por las salas de forma pausada para no entorpecer a los investigadores.
El turno de noche, lo hacía Branko Bokiga, de fuerte complexión y ojos de sapo adormecido. Branko hacía el relevo al atardecer, abría las ventanas más occidentales y permitía que una nube cenicienta de murciélagos hambrientos invadiera la Biblioteca. El vuelo nervioso y anárquico de los murciélagos cazando mosquitos hinchados, arañas adormecidas y polillas en plena actividad devastadora, rompía en ocasiones el sueño profundo de Branco.-

-Fue una idea científica de defensa natural, propuesta por el Doutor Antúnez, biólogo y Profesor de la Universidad, ante el deterioro progresivo de libros y manuscritos, mordidos y agujereados. Después de largo tiempo de paciente investigación, el profesor Antúnez concluyó que la presencia de la especie “Rhinolophus Ferrum-equinum”, o quirópteros gigantes, sería suficiente para aniquilar la plaga de insectos que invadían la Biblioteca. Durante muchos años el mecanismo biológico funcionó con perfección, pero a partir del año 1870 los “doctorandos” que buscaban ansiosamente la bibliografía para sus proyectos de Tesis, detectaron graves deficiencias en algunos volúmenes. Parecían mordidos y despedazados con cierto sadismo, y nuevamente el “Reitor”, recurrió inútilmente a los biólogos.

Al anochecer del día 17 de Diciembre de 1875, Branko, aquejado de un intenso dolor lumbar, fue relevado por Carvalho. Nunín, se despidió como era habitual y la Biblioteca quedó en suave penumbra durante aquella noche de linces. Fuera, en la explanada del campus, la redonda brillantez de una luna de muerte, sonreía en los cuatro relojes de la Torre y en la escalinata de Minerva dormía un viejo cantautor de Fados. Al amanecer, Nunín llamó repetidamente con el aldabón de hierro repujado de la puerta principal sin obtener respuesta. Los candiles del pórtico que desemboca en la Biblioteca, permanecían inusualmente encendidos y la quietud cadavérica del entorno presagiaba alguna sorpresa desagradable. Corrieron hacia la Biblioteca, geométricamente silenciosa y envuelta en una niebla polvorienta y luminosa, que el sol hería diagonalmente en cada hueco de ventana. Al llegar, comprobaron que las paredes de las tres salas y las insignias policromadas de las distintas “Facultades da Universidade”, estaban salpicadas de púrpura fresca. Incluso el lienzo gigante de la pared del fondo apareció enrojecido. Casi de puntillas llegaron hasta la sala derecha, y aunque la luz era más difusa que en la sala central, Nunín pudo ver con dificultad en la mesa del vigilante el esqueleto de Carvalho ensangrentado debido a las últimas dentelladas de los quirópteros. La calavera estaba encima de la mesa como si hubiera muerto dormido. Las extremidades superiores habían resbalado del reposa-brazos, sucio y despintado, ejerciendo un lento movimiento pendular animado por el viento del Norte que entraba por las ventanas. Sus piernas abiertas, mantenían en equilibrio estable la marioneta ósea dramáticamente sentada. Una alianza flotaba en la segunda falange del dedo anular izquierdo, y en la envoltura de oro de uno de sus colmillos, quedaban restos de papel impreso en el siglo XV. Nunín se derrumbó impotente y el “Vice Reitor” corrió horrorizado hasta el patio invadido por la mudez del pánico. Los murciélagos dormían inmutables en los rincones de siempre.

El Profesor Ribeiro continuó:
-Unos días después, el esqueleto de Carvalho fue enterrado bajo esa lápida centenaria y como podréis comprobar la Joanina recobró su pulso habitual.-