Un lugar mejor

El intenso rumor del público le puso el vello de punta. Boulus Gattas asomó tímidamente la nariz entre el telón que lo separaba de la gloria y tuvo que volver a su tranquilo refugio entre bambalinas abrumado ante tanta expectación. A pesar de haber participado en decenas de conferencias a lo largo y ancho del planeta, aquella cita le daba demasiado respeto. Le sudaban las manos y le temblaban las piernas. Nunca nadie antes había conseguido aquello y, sin embargo, aquel científico lo había logrado. “Un hito sin precedentes que cambiará la historia de la humanidad”, rezaba el titular de aquel periódico que descansaba sobre la mesa. El doctor Gattas se sentó en una de las butacas tras el lienzo rojo y echó un trago al botellín de agua. Cerró los ojos por un instante y se vio sentado junto a la tienda de su familia, cuando era todavía un niño.

“El sol de un verano eterno me quemaba la piel mientras jugaba con la arena. Aquel día se parecía mucho a cualquier otro, sin demasiado que hacer después de acudir a la escuela. Mi madre, que ya había vuelto de recoger provisiones, hacía la comida en el interior mientras mis dos hermanos pequeños jugaban al escondite muy cerca de allí. No sabía nada de mi padre. Según la buena de mi madre, había ido lejos con el ganado y volvería pronto. Desde aquel día no lo he vuelto a ver.”
Los focos y las miradas apuntaban directamente a aquel hombre de piel tostada y pelo cano con arrugas curtidas en mil noches en vela. En el teatro no cabía ni un alma más, y los flashes de las cámaras no dejaban de lanzar ráfagas de fama hacia el galardonado. El doctor Gattas hizo un largo silencio y fijó su mirada en el auditorio.

“Fui un refugiado sirio. Muchas veces me veo siendo todavía un niño jugando con la arena en el campamento de refugiados de Zaatari, donde pasé seis años de mi vida. Antes de huir de mi casa y dejar atrás mi ciudad en ruinas amaba las ciencias. Iba a la escuela y era feliz aprendiendo. Desde que estalló la Guerra Civil en mi país he tenido miedo. Ya no he sido el mismo. Me despierto cada noche, desde que era un crío, escuchando el llanto de mi madre al descubrir el cuerpo sin vida de mi hermano mayor tras el bombardeo. Hadi, que así se llamaba, hubiera sido un gran científico. Mucho mejor que yo. No se pueden hacer una idea de lo que se ha perdido el planeta. Él me enseñó a amar las ciencias. Recuerdo que hacíamos juegos y experimentos en casa. Nos reíamos y aprendíamos juntos las leyes básicas de la física y todo el poder de la química.”

El doctor Gattas hizo de nuevo una pausa, ahora para bajar la mirada y secarse las lágrimas que le descendían por las mejillas. El auditorio rompió el silencio con una sonora ovación que interrumpió el científico con un leve movimiento de manos.

“Desde que salí de allí, de aquel campamento, supe que debía hacer algo por el ser humano. A decir verdad no esperaba llegar tan lejos, pero la gratitud que sentí por todas aquellas personas que se ocuparon de mi familia durante todos esos años me hacía estar en deuda con la humanidad. Y luché duro. Estudié un nuevo idioma en Europa y conseguí graduarme en la Universidad. No fue un camino fácil, pero mucho más placentero que el que tuve que hacer para huir de la guerra y la muerte. Y aquí me hallo, recibiendo un galardón por descubrir la cura del cáncer. Muchas gracias, esto nos pertenece a todos.”

El teatro estalló de nuevo en un aplauso unánime. La gente se puso en pie para celebrar las palabras del doctor que alzaba el galardón al cielo con los ojos cerrados. Los fotógrafos se agolpaban frente al escenario buscando el mejor encuadre, el mismo que aparecería en todas las portadas de los grandes periódicos del mundo.

Boulus Gattas abrió los ojos y observó, tras la manta que lo protegía del frío, el inmenso mar hasta el horizonte. Había llegado a Europa. Quizá algún día aquel refugiado anónimo podría salvar el mundo o, al menos, hacer de él un lugar mejor.