Las estrellas que perdimos

Eligieron ese día porque habría sido su cumpleaños; en un alarde melancólico de la noche anterior, repasando viejas fotografías, acordaron ir a atrapar estrellas. En cuanto expresó su ocurrencia, Eloy se puso a brincar de alegría y tardó un buen rato en tranquilizarse. No recordaba quién había sido, probablemente su tía, la que había alojado en su cabeza la idea de que su abuela observaba atenta en el cielo, pendiente de cuanto hiciera; pero en cualquier caso, irían a verlas. Había metido los abrigos en el coche y una pequeña linterna, en previsión, antes de adentrarse en la oscuridad boscosa que amenazaba con sumir en el olvido la antigua carretera. Lindando ya con el yermo de las cumbres, un simple hito de madera anunciaba la desviación de la reserva; era fácil no verlo. Se daba cuenta de que se había vuelto temeraria, una extranjera en su propia zona de confort. No mucho antes, se habrían limitado a presentarse en casa de su madre con una tarta poblada de velas, habría tenido que parapetarse frente a su mirada triste y los gallos de Eloy jugando sobre el tremor en los platos. Ahora simplemente sentía que había perdido la guerra, que todo el estruendo había dejado de tener sentido.
En la explanada habilitada para aparcar, el vehículo presentaba un aspecto abandonado. Titubeó en un primer momento; había pensado en sentarse junto a él, aprovechar su calor, la seguridad de la cercanía de su habitáculo, pero las ruedas estaban sucias y el suelo era duro donde habían enterrado hormigón para que no se hundiera. Definitivamente, no habían hecho el viaje para quedarse en el coche, pero sin duda había esperado encontrarse con alguien, cualquiera, uno de aquellos grupos de aficionados. Resignada, cogió los pertrechos y guió a Eloy hasta una pequeña extensión de terreno que, por alguna razón, parecía contener los matorrales. Tras extender la esterilla, se dejó caer de espaldas y animó a su hijo a que la imitara. El niño bamboleaba una red para cazar mariposas que pronto soltó. Había visto unos dibujos animados japoneses —de vez en cuando, los productores recuperaban material antiguo— en los que el Principito aparecía como un explorador espacial que disponía de un método de locomoción insólito: para viajar de un mundo a otro, atrapaba un cometa en su red entomológica. Tumbado al abrigo del costado de su madre, Eloy descubrió el cielo rociado de estrellas. Ella vio que se disponía a decir algo, pero lo acalló indicándole que debía contemplar en silencio. Debían dejarse llevar, fundirse en la inmensidad, abrazarla; pero ya no le hablaba a su hijo, que permanecía mudo, con los ojos muy abiertos y el universo reflejado en ellos, aunque ella no fuera capaz de verlo.
Tumbados en la noche, con la humedad germinando en sus riñones, fueron testigos del rielar que a su juicio imprimía al cosmos aquel carácter eléctrico. Fue deshaciéndose del cuerpo, de sus pesares terrenales, de sus límites, para flotar en la vastedad de lo inconmensurable. Saboreando su ya familiar reacción de supervivencia con la que prepararse, alejándose de los seres queridos que aún conservaba a su lado —su propio hijo al que permanecía pegada—, para perderlo todo. Anhelando templarse en un baño de estrellas, el torrente que vertía la galaxia sobre el horizonte. En cierto momento, Eloy se había propuesto cazar un cometa y ella había replicado que no soportaría verlo marchar, sospechando que lo que en realidad buscaba el niño era bajar a su abuela. Su propia madre, que tanto había amado las estrellas. Sentía que la traicionaba cada vez que se le hacía patente que jamás las viviría con la intensidad que ella había sido capaz de mostrarles. Solía decirle que Arturo la había enamorado con un titular en su época de posgrado, cuando colaboraba con un equipo que logró estabilizar durante un instante un nuevo elemento de la tabla periódica. Rezaba: “Las estrellas de la Tierra”. Aquellos hornos distantes, las fábricas de los bloques de la existencia habían sido relevadas en una carrera de fondo por entes conscientes, tenaces como su madre. Hogueras primigenias que devoraban cuanto alcanzaban a atrapar y agonizaban lentamente les guiñaban en la soledad de la noche desde un pasado que se había perdido para siempre. Tal vez, su madre, después de todo, no estuviera tan lejos de ellas.
Eloy permaneció casi todo el tiempo dormido en sus brazos. De vez en cuando cabeceaba, hablaba en sueños; pero ella fue incapaz de moverse. La Luna salió en mitad de la noche y trazó un arco hasta la aurora, besó la tierra en la falda de una cumbre. El niño dio la bienvenida al nuevo día. Sonrió y reprochó a su madre que no le hubiera despertado para ver la Luna rodando por la montaña.