Sin teclas

Sin teclas

—Es Superman.
Berta, sopló su taza de café en la terraza, auscultando el cielo como parte del ritual diario que realizaba antes de sumergirse en su vorágine laboral.
El satélite prosiguió su órbita.
Cualquier otro día hubiese figurado ver un cóndor enorme o un ultraligero. Ese día era diferente. La tarde anterior había adquirido un de los primeros Sinteclas y sabía que el satélite al que estaba conectado no le fallaría. Como Superman, sobrevolaba la urbe velando por los humanos.
***

En un laboratorio dos científicos seguían las trayectorias de unos puntos brillantes en la pantalla que llenaba el muro de ocho metros de altura.
—El teclear se ha acabado. Alberto. Aporrear unas teclas era lento y mecánico. En el proceso que transcurre desde que fluye una idea hasta que se escribe se pierde fluidez, la idea se desdibuja y las que afloran durante el tecleo se topan con las que están siendo transcritas al folio. Un lio.
—La voz llegó a funcionar bien, pero había que gastar demasiado tiempo en acostumbrar al ordenador a tu dicción. Y aún así existía un desfase entre lo que se pensaba y lo que se dictaba.
—Al fin, Jaime, tras prolongados experimentos, logramos llevar a la práctica nuestras teorías. El cerebro produce ondas. El encéfalo y el cortex originan pensamientos y creencias.
—Que dejan las huellas que hemos utilizado.
—Sí, Jaime. Huellas de energía bioquímica-eléctrica.
—Eléctrica, ese es el quid. Si es eléctrica es electromagnética y por tanto produce frecuencias que emiten hacia fuera y pueden actuar como una estación emisora.
—Objetivo cumplido. Nuestro programa elimina las teclas del mismo modo que el papiro desterró al punzón y la piedra en la prehistoria. Conectas un minúsculo emisor al moscardón que emplazamos detrás de la oreja y las corrientes eléctricas circulan descodificadas desde el encéfalo al aparato transmisor de modo que puedas comunicarlo a quien quieras.
—¡Un moscardón! Anda que no has insistido, Alberto. ¿Tú crees que un moscardón es lo más adecuado?
—Tienes las mismas dudas que asaltaron a los informáticos cuando Douglas Engelbert propuso el ratón en 1966. ¿Funcionó?
Jaime asintió.
—Pues entonces.
***

Berta dejó la taza en el fregadero de la cocina y estrenó el Sinteclas enviando un mensaje surgido de su mente a su íntima amiga. El moscardón de Carlota lo recibió cuando su poseedora estaba a punto de completar su circuito diario de seis kilómetros. La onda se adentró en su cortex: “Voy a dejar el partido”.
La onda eléctrica se expandió a otras zonas cerebrales.
***

La gigantesca pantalla del ordenador registró la trayectoria de las ondas.
—Se cumplen nuestros pronósticos, Jaime. Sabíamos que las ondas alcanzarían otras áreas. Habrá modificaciones en la conducta de los usuarios.
Jaime apretó los puños. Alberto podía ver cómo la saliva se acumulaba en la boca de su preocupado colega.
—Serán beneficiosas. Lo sabemos. La ayahuasca y la meditación modifican el cerebro límbico y acrecientan la espiritualidad. Y hay evidencias constatadas de que ciertas mutaciones han desarrollado en algunas personas la ecolocación, la flexibilidad y la resistencia humana a la electricidad y a la fatiga.
—Cierto. Esos cambios han creado una especie de superhéroes.
—Y los superhéroes realizan el bien, Jaime.
Los puños del científico se abrieron en un gesto relajado.
***

La onda se detuvo cerca de la frente de Carlota.
“La corrupción debe parar”, tradujo el emisor Sinteclas.
“Lo captó”, respondió a Berta.
Carlota interrumpió la conexión y realizó un sprint para cubrir rápidamente los doscientos metros que la separaban de casa. “En cuanto llegué voy a cantarle las cuarenta a Manolo: Adiós, eres ruin. No aguanto más. Si quiere enterrarte en vida y robar al prójimo haya tú. Yo quiero vivir en paz y con la conciencia tranquila. Me voy. Me voy. Me voy”, repetía a cada zancada.
Abrió la puerta.
—Manolo, voy a…
—Dimito, Felipe —dijo el marido rascándose cerca del moscardón que también tenía—. Me importa un bledo los millones que podamos ganar con ese chanchullo. Es inmoral y no quiero tomar parte. Lo dejo, renuncio, dimito. Me marcho al campo. Quédate con todo si te hace feliz.
Berta se precipitó sobre su marido y le besó con el arrobo que había sentido cuando se enamoró de él, doce años atrás.
***

—¡¿Lo ves?! Te lo dije. Las ondas activan una zona benéfica. ¡La corteza dorsolateral prefrontal!
—El área de la honestidad. ¡Magnifico! —exclamó Jaime.
—Y fíjate con la rapidez que se transmite —dijo Alberto indicando los trazos reflejados en la pantalla—. No sólo hemos conseguido transmitir ideas completas de forma efectiva, sino que Sinteclas está sentando las bases de un mundo mejor.