Herramientas

Llevaba caminado varias horas por aquel desierto pedregoso y todavía no había encontrado ni un solo fósil. De hecho ni tan siquiera había visto un afloramiento de estratos prometedor. Todo eran piedras sueltas y arbustos espinosos. Estaba cansado de caminar solo bajo ese sol abrasador sin encontrar nada interesante. También se sentía un poco molesto. En la universidad le consideraban uno de los mejores “cazadores de dinosaurios” del mundo y ahora estaba allí, en medio de ese territorio que se suponía plagado de fósiles, sin ver nada más que matojos y cuestas polvorientas. Quizá se había perdido y no estaba donde pensaba. Se sentó en una piedra plana un poco más grande que las de alrededor, se secó el sudor de la frente con un pañuelo, sacó el mapa geológico de la mochila y encendió su GPS. No había señal. Con el martillo de geólogo que siempre llevaba en la mano derecha dio un golpe a la piedra malhumorado. El sonido se amortiguo rápidamente pues no había nada que pudiera hacer eco. Se levantó y prosiguió su camino. No quería reconocer que no sabía dónde estaba y pensó que seguramente dentro de un rato el GPS recuperaría la señal. Entonces consultaría el mapa. Se alegró de que sus colegas del departamento de Paleontología no pudieran verle.
Después de caminar otra media hora vio por fin un relieve formado por unas calizas tableadas. No parecía gran cosa pero él sabía que muchas veces los hallazgos importantes se hacían en formaciones rocosas poco espectaculares. Se dirigió hacia ellas y, cuando ya casi había llegado, un lagarto bastante grande pasó delante de él. Le siguió con la vista hasta que el asustado reptil se detuvo sobre una gran capa de caliza casi horizontal. El lagarto irguió ligeramente la cabeza y le miró desafiante con la boca abierta. Pero él ya no le prestó más atención y, con la boca más abierta aún que la del lagarto, se quedó pasmado al ver que allí había un gran cráneo semienterrado de lo que sin duda era un dinosaurio. Recorrió impaciente los escasos diez metros que le separaban de la capa caliza. La emoción le hizo recuperarse del cansancio y se olvidó de que estaba perdido.
Cuando llegó junto al cráneo comprobó que no sólo éste se había conservado perfectamente y mostraba completas las hileras de afilados dientes sino que el esqueleto estaba entero. Nunca había visto una cosa igual. Parecía el esqueleto de un caballo que hubiera muerto tan sólo unos meses atrás y no el de un dinosaurio que vivió hace unos 75 millones de años. A primera vista reconoció que se trataba de un velociraptor de unos dos metros y medio de largo que había muerto súbitamente y que había sido enterrado de forma muy rápida, pues los carroñeros no habían tenido tiempo de alimentarse del cadáver y separar los huesos. Al fijarse más detenidamente se percató de que parte del cráneo y de las vértebras del cuello tenían otro color, como si hubieran sido mineralizadas antes de que se produjera la fosilización. Pensó que era posible que aquel animal fuera sorprendido por una tormenta y lo matara un rayo.
Después de limpiarlo cuidadosamente, el esqueleto del velociraptor quedó casi completamente expuesto. Era un ejemplar magnífico que tendría que trasladar de algún modo a su departamento cuando regresara al lugar con un equipo de excavación. Pero, ¿dónde estaba? El GPS seguía sin funcionar y en esa región no había referencias geográficas claras. Estaba pensando en ese inconveniente a la vez que miraba contento su hallazgo, cuando se dio cuenta de algo que le dejó petrificado: mientras una de las garras delanteras del velociraptor sostenía una piedra plana con una pequeña oquedad en el centro, la otra agarraba otra piedra alargada que parecía haber sido tallada toscamente. Se acercó un poco más y vio que en la oquedad de la piedra plana había un trozo de hueso astillado y también fosilizado. Por increíble que pareciera, aquello no podía interpretarse de otro modo: ¡ese velociraptor había empleado una herramienta para triturar un hueso y extraer el tuétano! Se trataba del descubrimiento más sorprendente que había hecho jamás un paleontólogo. Este fósil perdido en aquel desierto demostraba que millones de años antes de que los homínidos aparecieran sobre la faz de la Tierra hubo seres con una inteligencia lo suficientemente desarrollada como para fabricar herramientas. Pensó que también era posible que los velociraptores hubieran desarrollado algún tipo de lenguaje e incluso rituales. La cabeza le daba vueltas. Permaneció casi una hora sumido en este tipo de reflexiones cuando el retumbar de un trueno le sacó de su estado de ensoñación. Miró al cielo y vio que estaba cubierto de nubes negras. En ese instante un rayo restalló sobre su cabeza.