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Sus rechonchos dedos se deslizaban por el teclado en modo automático, de vez en cuando levantaba el dedo meñique como señal de una tendinitis inminente. El brillo de la pantalla del ordenador también era molesto para su vista cansada, por lo que a veces simplemente se quedaba inmóvil, descansaba su mirada en la pared de un sobrio gris claro repleta de pósits y luego retomaba su insignificante trabajo. Su vida vacía de toda excitación dio un vuelco cuando conoció a Alfredo, aquel hombre divorciado, curtido por años de experiencias con las féminas y que, lejos de parecer un galán, había mostrado cierto interés por aquella mujer solitaria y desaliñada. Vivieron un intenso romance y, de repente, descubrió los placeres de la vida que tanto había anhelado y deseado. Se sentía plena y feliz, enamorada y, por tanto, adicta. Una noche de verano, el bueno de Alfredo la dejó sin más, llevándose consigo la razón de sentirse viva de Gertrudis.

Las semanas siguientes se convirtieron en un completo y angustioso infierno. El desasosiego y la tristeza más profunda se apoderaron de ella. Como una drogadicta, su existencia solo giraba en torno a la sustancia que había intoxicado su mente, impidiéndole incluso desarrollar sus aburridas tareas. El tormento la llevó a buscar desesperadamente una solución para poner fin a su malestar y dejar de humillarse. El almacenamiento de cookies en su ordenador hizo el resto del trabajo por ella. Un día simplemente apareció un discreto anuncio publicitario en la esquina de la página para descarga ilegal de películas que estaba ojeando. Aquella empresa parecía poseer el método definitivo para acabar con su amargura. ¿Acaso podía sentirse peor?

Decidió pedirse unos días de asuntos propios en la oficina para desplazarse hasta la ciudad donde se hallaba la misteriosa empresa. Se armó de valor y entró en aquel solemne edificio dispuesta a hablar con quien fuera necesario para someterse al método. Una mujer joven de semblante amable la acompañó hasta su despacho y allí le explicó todo lo que ansiaba conocer.

- Nuestro tratamiento ha sido testado científicamente dando resultados extraordinarios en primates. El siguiente paso es realizar los ensayos clínicos, para lo cual necesitamos voluntarios. Como usted –le sonrió–. Sin embargo, he de advertirle que este no es un proceso trivial y podrían aparecer efectos secundarios en el humano, a pesar de que nunca hayamos observado ningún tipo de complicación en nuestros modelos animales. Prácticamente le aseguro que usted se sentirá totalmente aliviada tras el tratamiento. Olvidará todos los recuerdos asociados a esa persona y, por supuesto, desaparecerá la sensación de dependencia que ha desarrollado hacia él. Usted podrá por fin retomar su vida y ser feliz. No obstante, debo pedirle que firme un documento dándonos su consentimiento.

Gertrudis no lo pensó dos veces. Empezaron aquel mismo día. Tumbada en la camilla boca arriba, observaba con cierto temor lo que ocurría a su alrededor previo la intervención. Primera sesión: las fotografías de Alfredo y de otros elementos aleatorios se proyectaban una tras otra, de modo que durante este tiempo los científicos podían monitorizar mediante resonancia magnética qué áreas del cerebro se activaban específicamente. La tecnología que disponían les permitía además, mediante un tipo de marcaje celular fluorescente, identificar neuronas concretas. Durante cinco días prácticamente se dedicaron a escanear el cerebro de Gertrudis en busca de sus recuerdos. ¿Realmente era posible localizarlos en circuitos concretos? NeuroTech no era una empresa cualquiera. Poseían herramientas muy poderosas, a la par que ambiciosos proyectos, para poder comprender y manipular el cerebro humano. Sus investigaciones les habían llevado a lo más alto tras patentar un método para eliminar la adicción a la cocaína. Esta vez habían ido más allá. Podían bloquear el sistema límbico o circuito de recompensa que liberaba dopamina cada vez que se activaban las neuronas asociadas a los recuerdos amorosos mediante la administración de unas sofisticadas nanopartículas.

Tras quince días, el experimento había finalizado. Gertrudis ya no sólo se había olvidado por completo de sus vivencias y de la angustia asociada a ellas, sino que además había recibido una recompensa económica más que aceptable por participar en el ensayo clínico. Todo apuntaba a que NeuroTech estaba muy cerca de lograr uno de los mayores hitos científicos de la historia y con mayores implicaciones para el ser humano: borrar el dolor asociado a la pérdida de un ser querido.

De modo que finalmente nuestra amiga funcionaria volvió a su monótona y vacía rutina diaria. Igual de sola, igual de inexperta, igual de infeliz y sin recuerdos.