UNA ESTRELLA ENTRE UN MILLÓN

Covadonga no era una niña corriente como todas las demás niñas de su edad, o al menos no todo lo corriente que debería ser una niña nacida en un lugar tan recóndito como aquel. Covadonga vivía en uno de los pueblos más altos de los Picos de Europa donde apenas había niños con los que jugar. Su familia se dedicaba a la producción de quesos desde hacía años y su infancia transcurría entre el ir y venir de la escuela y los quehaceres del negocio familiar. Podría decirse que tuvo una infancia feliz pero conforme pasaban los años Covadonga se sentía más triste cada vez, ansiaba conocer otras ciudades y soñaba con estudiar algún día en la universidad. Siempre fue una niña muy lista y despierta, aprendió a leer casi a la misma vez que a hablar. Pero si hay algo que le gustase más que nada en el mundo, era sentarse en el patio de su casa al anochecer y contemplar las estrellas mientras escuchaba las historias que su abuelo le contaba. La niña siempre se hacía la misma pregunta, quien había puesto ahí las estrellas y cuantas personas habría contemplándolas en ese mismo instante.

-¿Me atrapas esa estrella, güelo?- “Le decía siempre Covadonga.”
-Pero solo una entre un millón, al igual que lo eres tú, mi niña- “Respondía siempre su abuelo.”

Celeste Allende Verdasco tuvo el honor de ser el alcalde y el primer hombre en traer la luz eléctrica a las casas del pueblo, casi cien años después de su invención, bien entrada ya la década de los ochenta. Pues si bien su aldea era de las más bonitas de la provincia de Asturias, le igualaba en belleza la escarpada orografía de la zona franqueada entre cumbres, valles y túneles, lo cual dificultaba la instalación de las líneas de alta tensión. El abuelo le contó a su nieta esa historia una y otra vez, y siempre lo hacía con un hilo de voz entrecortada por la mezcla de emoción y orgullo que le embriagaba, y la mirada pérdida en el horizonte. El retrato de un hombre con la piel curtida por el devenir de los años y la esperanza posada en un futuro mejor para su nieta reflejándose en su rostro.

Todos los veranos en el mes de Agosto, con motivo de la festividad de las Lágrimas de San Lorenzo se organizaba en el pueblo una excursión al valle para contemplar la lluvia de las Perseidas. Los vecinos se sentaban alrededor de una hoguera y contemplaban maravillados el espectáculo de la luz, mientras Celeste iba explicando el fenómeno producido por la lluvia de estrellas a su paso por la atmósfera terrestre. El asombro por sus conocimientos en astrología despertaba el interés de los allí presentes y él describía con precisión las principales constelaciones del firmamento:

“La clave está en encontrar la Estrella Polar, la que más brilla”, decía su abuelo. “Mirad ahí está la Osa Mayor, es la que forma el carro formada por sietes estrellas” y así continuaba narrando cada una de las constelaciones visibles para deleite del público.

Aquellas noches y el despertar de los amaneceres se convirtieron con el paso del tiempo en algo más que una afición para Covadonga, tal fue así que cuando cumplió la mayoría de edad tomó la decisión de irse a estudiar a la universidad de Madrid. Al principio sus padres no aceptaban la idea de que su hija quisiera marchase del pueblo, al fin y al cabo era la única hija y si ella no continuaba con el negocio familiar, nadie lo haría. Sin duda fue la decisión más difícil de tomar de toda su vida. La noche anterior a su partida, mientras observaba las estrellas con su abuelo, éste le contó el origen de su nombre, su madre se había puesto de parto una noche de un doce de Agosto, y en honor a la lluvia de estrellas que pudo contemplarse esa madrugada decidieron llamarle Celeste. Una noche que nunca olvidaría porque sin saberlo sería la última que pasarían juntos.

Don Celeste Allende Verdasco murió una mañana de primavera, la noticia de su muerte les cogió a todos por sorpresa, el médico dijo que había muerto de viejo. Después del funeral Covadonga no volvió nunca más al pueblo. Se licenció en Física con matrícula de honor y realizó un máster en astronomía, lo que valió un puesto de trabajo en uno de los observatorios astronómicos más importantes del mundo, el de La Palma, en las Islas canarias.
Al primer cometa que descubrió, le llamo Celeste. Aunque su vida transcurría entre nebulosas, galaxias y constelaciones, su abuelo sería siempre para ella esa estrella entre un millón, el astro más brillante del firmamento, la luz que guía en la oscuridad.