El Museo de la Conservación

Agarrando la escoba con la mano izquierda —pues era zurdo— y el recogedor con la derecha, Sancho barrió con decisión los últimos restos de suciedad. Estaba muy orgulloso de su capacidad de no dejar ni siquiera aquella condenada rayita imposible de recoger.
Miró a su alrededor. A juzgar por el paisaje añil que se dibujaba a través de las modernas ventanas, ya era de noche. Pero el Museo de la Conservación estaba limpio al fin. Mantenerlo impoluto no era una tarea fácil, desde luego: con sus treinta enormes y abovedadas salas, conteniendo hasta quinientas veintitrés vitrinas, que alojaban casi un millón de ejemplares, Sancho empleaba un mes en repasar todos y cada uno de sus rincones. Y así había pasado gran parte de su larga vida hasta hoy, en el año 2099.
“Hum… debería rellenar los recipientes de los Engraulidae, de los Mytilidae y de los Octopoda… ¡y que no se me olviden los Pollicipes! Con lo caros que son y lo difíciles que fueron de conseguir para el Museo, si se estropean, me mata el jefe” —reflexionó para sus adentros, mientras guardaba los bártulos en el armario.
Además de la limpieza, Sancho era el encargado de mantener en perfectas condiciones los valiosos especímenes de la sección “Mar”. Él era un pobre viejo que no sabía nada de ciencia; aunque recordaba, de manera vaga, haber visto alguno de esos exóticos animales en su infancia. Los Pollicipes, mismamente… ¿no eran esos que tanto le gustaban a su padre? Y de peces sabía poco, pero se acordaba de unos pequeñitos, plateados… Anchoas, creía recordar que se llamaban. Que, por cierto, también tenía que ocuparse de ellas.
“Sancho, amigo, concéntrate” —meneó la cabeza para sí, mientras abría con cuidado los recipientes que atesoraban aquellos valiosos pececillos, hoy extintos, y los cubría de aceite. Agradecido por no tener que ocuparse más que de unas pequeñas latas con un ingenioso sistema de abrefácil, prosiguió su tarea. Y, como siempre, aunque no habría sabido decir por qué, se le despertó el hambre. Aquellos animales llevarían años en el Museo de la Conservación pero, caramba, ¡qué bien olían!