Continuidad de los relatos

Nadie me creerá, pero fue así, como acabo de averiguar. Y sólo Manuel podía haberlo hecho de esa manera, porque Manuel es un científico de los pies a la cabeza.

Germán, nuestro director, había empezado a ausentarse del laboratorio casi todos los días, en pleno trabajo. Se iba sin despedirse, tratando de pasar desapercibido, llevándose una novela al bolsillo de la chaqueta. Todos lo veíamos, y nos incomodaba, porque era como desinteresarse de lo que hacíamos, precisamente cuando se abrían tantas posibilidades; habíamos empezado a trabajar con la técnica CRISPR/Cas9 para editar el genoma celular.

Al poco tiempo, Marian, la mujer de Germán, comenzó a ir por el laboratorio. Marian venía para ver a Germán, pero Germán nunca estaba. Era plena primavera, y Marian entraba siempre por la puerta que da al parque. Manuel la recibía como si hubiera entrado parte del paisaje. Manuel y ella se quedaban charlando un buen rato, como viejos amigos que son. Después de varias visitas, Manuel comenzó a llevar un ritmo de trabajo muy sistemático: entraba a media mañana, se metía en su despacho, y trabajaba en el laboratorio, solo, por las noches.

La última tarde que los vi, salieron juntos al parque. Ella le acarició la mejilla, y cada uno siguió su camino. Él echó la vista atrás para verla alejarse.

Cuando una alumna de Biología encontró a Germán apuñalado en el banco verde del campus, fue como un mazazo. En el laboratorio pasamos varios días en silencio y sin mirarnos, concentrados solo en el trabajo. Manuel llegaba temprano, se encerraba en su despacho, y se iba a media tarde. Yo no dejaba de preguntarme por qué había roto su rutina anterior, y me propuse investigarlo. Una noche fotocopié su diario de laboratorio.

Tenía anotadas las visitas de Marian, junto a abreviaturas indescifrables. Había pegado y marcado con rotuladores de colores vivos las fotocopias de dos trabajos: uno de Krautkramer et al. en Molecular Cell, que asegura que la microbiota puede activar o desactivar genes del ADN del huésped; y otro, de Dinan et al. en el Journal of Psychiatric Research, que afirma que la microbiota es parte del sistema inconsciente que regula el comportamiento, e influye en los patrones de conducta. Manuel preparó un plan de trabajo para insertar un segmento de ADN en la parte funcional del genoma de un E.coli no patógeno, con la técnica CRISPR/Cas9. El segmento de ADN que quería insertar era un relato de Cortázar codificado. El diario no decía cual. Manuel convirtió al código cuaternario los códigos ASCII de las letras del relato, y asignó los dígitos 0, 1, 2, y 3 a las bases A, T, C, y G. El sintetizador de ADN obtuvo así una cadena de unas trece mil bases, por lo que el relato tenía poco más de quinientas palabras. Quizá era sólo un homenaje al escritor, convertir un texto suyo en ADN y verlo multiplicarse, pero había más. Manuel anotó haber ingerido una cápsula con el E.coli modificado.

En ese momento entendí qué se había propuesto. Manuel conocía las consecuencias que podría tener incorporar a su organismo un E.coli con el genoma alterado, y buscaba su efecto. Esperaba que, dentro de su organismo, el E.coli influyera en su conducta, y le forzara a hacer algo que de otra forma no haría.

Esta noche estoy solo en el laboratorio. Necesito averiguar qué texto es ese, en que Manuel confiaba para hacerle actuar como no podía. Veo una placa de Petri que tiene marcado con rotulador en la tapa “E.coli Crtzr”. Tomo una muestra, y la preparo para el secuenciador de ADN.

El programa de Manuel va descodificando el genoma y lo traduce a letras del alfabeto, a medida que el secuenciador descifra la secuencia de bases del genoma.

En el laboratorio sólo se escucha el golpeteo mecánico del secuenciador. El corazón salta en mi pecho cuando sale en pantalla una línea que parece hablarme: “Había empezado a leer la novela...”

Sigo leyendo y reconozco el relato: Continuidad de los parques.

Me viene la imagen de Marian y Manuel despidiéndose, días atrás, a la puerta del laboratorio, cuando leo en la pantalla “Salieron al parque y ella le acarició la mejilla; el puñal se entibiaba contra su pecho. Se separaron en la puerta. Él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto”.

Las palabras finales del relato de Cortázar se mezclan con otras mías, para dictarme el final de esta historia: Caminó hasta el campus. Desde la sangre galopando en los oídos le llegaban las palabras de ella: la senda de tierra, el pequeño talud, el castaño, y entonces el puñal en la mano, el respaldo del banco verde, Germán leyendo la novela.