Carlos y el volcán

La llegada al país de acogida no fue todo lo buena que esperaba. Después de tantas horas de vuelo, las despedidas, la gente extraña... No, realmente no era lo que había deseado encontrar. El cuerpo entumecido, el ruido de la máquina que todavía retumbaba en sus oídos... Y, además, y sobretodo, el frío. El frío en sus huesos, en su piel, en su corazón. Oía palabras a lo lejos, palabras que entendía pero que no reconocía. Como en una canción, la letra era la misma, pero con otra melodía, más dura y seca que la que salía del pequeño cuerpo de su abuela. Allí, a los pies del volcán había transcurrido su infancia, entre el verde de los cafetales y el azul del cielo.
Y no muy lejos de allí, la montaña mágica, cuya presencia todos temían y querían a partes iguales. Nunca llegó a creer a pies juntillas aquellas historias contadas por los viejos sobre su furia. Siempre hacían referencia a tiempos pasados, situaciones vividas por los abuelos de los abuelos. Lejanas en el tiempo, demasiado. Y de repente, la vida que ya no existe, el fuego que todo lo ocupa, la lengua roja que avanza despacio pero inexorable. ¡Nadie la detiene! ¡Nadie! Los ojos de los adultos desorbitados, las bocas desencajadas, mudas. El silencio de la nada. El fin de la vida.
- Carlos, vamos a casa, estarás cansado, dijo Jordi.
Miró hacia arriba, vio al hombre que apareció en su vida hacía algún tiempo. Ahora que bajaba del avión evocó el ruido de los motores, cerró los ojos y se confundió con el despertar de la montaña. Al principio un sonido de fondo, casi imperceptible, proveniente del vientre de la tierra, y sin esperarlo, el rugido del león dormido, el planeta que se rebela desde sus entrañas.
Esperaba una casa oscura y con olor a tierra húmeda y a café. Al cruzar el umbral comprendió que nada volvería a ser como antes. La quietud del pasillo,su silencio opresivo, las paredes blancas, la luz cegadora y fría... Durmió en una cama desconocida. Lo desconocido sería a partir de ahora la norma que regiría su vida. La familiaridad en lo nuevo. Cerró los ojos para recordar, para sentir la mano rugosa y morena de su abuela sobre su frente, sus caricias en el pelo antes de dormir, sus ojos hundidos y cálidos.
Los días pasan, las semanas, los meses. No acaba de despertar del sueño en el que dormita.
- ¿Cuándo volveré? Jordi lo mira desconcertado, mudo. Se levanta inesperadamente, lo coge de la mano, lo lleva a la cocina.
- ¡Mira!, he hecho un volcán con papel y cola, ¿te gusta?
El niño lo observa fijamente:
- ¿Un volcán? No lo parece, no se parece a mi montaña mágica.
-¡Sí!, exclama entusiasmado. Ahora verás. Sigue hablando animado.
- Si echamos bicarbonato sódico y vinagre lo despertaremos. ¡Mira!
Del agujero sale sin esperarlo una espuma roja y burbujeante. Enseguida se desliza por la ladera de la montaña y la magia se desinfla.
- ¿Qué ha pasado?, musita Carlos.
- El bicarbonato sódico entra en contacto con el vinagre en una reacción ácido-base...
Carlos lo interrumpe con brusquedad:
- No me refiero a eso. ¿Ocurrió realmente así?
Jordi despierta de su ensimismamiento, reacciona, se arrepiente. ¡Cómo se le había ocurrido! ¡Qué acto de crueldad con su propio hijo! Se siente avergonzado, baja los hombros y llega a musitar: "Lo siento"
- No, responde con firmeza el niño. Siempre he querido saber lo que pasó. Quiero decir. cómo pasó, el porqué. No hay sentimiento en sus palabras, las emite con una frialdad asombrosa. Es la serenidad del científico que investiga y comprueba, que busca y halla.
- Es cuestión de química, Carlos, solamente química. Sentencia el padre.

Cae la noche, un silencio sacro invade el gran laboratorio. Al fondo, un hombre sentado en un taburete echa los hombros hacia atrás, levantando la cabeza. Está agotado, necesita volver a casa, buscar su calor, el calor de Helena... El recuerdo de la joven hace que su mirada vague hacia el infinito. Recuerda el momento en el que sus miradas se encontraron por vez primera. Ella reía ruborizada y él supo que no podría dejar de amarla. Meses más tarde le confesó:- Siempre supe que no podría dejar de amarte. Y ella reía como el día de su encuentro. ¿Y cómo los sabías? Y él responde tranquilamente: Es cuestión de química.
El ruido, el calor, los gritos, el infierno... dejan paso a las fórmulas, las probetas, el amor. Y el cafetal allá a lo lejos, rendido, casi olvidado, casi. Su abuela, fundiéndose con la tierra a la que nunca volvería, regalándole generosamente su sabiduría y su amor. Todo cobraba sentido, la química de los seres vivos, la magia de la vida.