La conexión Dirac

Paula tiene doce años. Dentro de poco entrará en el Instituto, y, a pesar de ser verano e ir a su destino de vacaciones, eso le hace mantener un estado de cierta inquietud.

Como es curiosa, no deja de mirar a su alrededor buscando algo que le llame la atención y le haga más llevaderas las tres horas de viaje. Con la frente apoyada en el cristal, ve pasar las placas que indican los puntos kilométricos de la autopista. Mira el cuadro de mandos del coche y, como no llega a ver el velocímetro, entorna los ojos y sonríe. Sabe que su madre conduce con el regulador de velocidad conectado. Medita un buen rato, casi sin moverse, con los ojos cerrados y expresión concentrada. Cuando los abre, se relaja, mira por la ventanilla y se pone en acción: activa su teléfono móvil, conecta el cronómetro cuando pasa por el primer marcador kilométrico y lo detiene cuando el coche ha recorrido diez kilómetros. Abre la app de la calculadora e introduce los datos de espacio y tiempo, así como las operaciones a realizar. Mira con atención el número que aparece en la pantalla y se estira hacia un lado para llegar a ver lo que marca el velocímetro; cuando lo ve, sonríe de oreja a oreja, porque el valor es exactamente la velocidad que ha obtenido ella.

La tarde está cayendo, y se ve un halo rojizo sobre el perfil de los campos de su derecha. Hay luna nueva y la noche va a ser muy oscura. Poco a poco, van apareciendo pequeños puntos de luz en el cielo. Detiene un momento su mirada en el más brillante y piensa en si habrá algo allá arriba. Se apoya en el respaldo del asiento; ya falta poco para llegar.

En Próxima Centauri-b y en ese mismo momento espacio-temporal, la psicoinvestigadora Njid entra en el laboratorio de detección de vida exterior de la colonia científica de Tspiria. Poco después, conecta en la clavija de su nuca el cable que sale del equipo que ocupa casi todo el frontal de la sala central del laboratorio. Como desde hace casi cien años terrestres, se activa el agujero de gusano sensorial.

La primera vez fue por pura casualidad. Su raza tiene capacidad telepática y de comunicación sensorial, pero sólo a distancias relativamente cortas. Se habían diseñado equipos experimentales de amplificación de señal para ampliar el campo de detección. Cuando los investigadores los utilizaron para buscar indicios de vida semejante a la suya en el espacio exterior, se encontraron con que se recibían algunas señales sensoriales que habían atravesado distancias de varios años-luz en pocos minutos.

Así captaron la primera señal con un origen inteligente. Después de un laborioso trabajo de decodificación, aprendieron a controlar la conexión, que se establecía cada vez que se activaba el equipo, emitida por un tal Dirac desde un planeta del Sistema Solar, la Tierra, que estaba a más de cuatro años-luz, y a interpretar los datos recibidos.

Aunque eran pocas las personas que tenían la capacidad de emitir señales detectables, habían podido estudiar cómo era la vida en la Tierra y cómo iba evolucionando con el paso del tiempo, a ser observadores externos de todo lo bueno y lo malo que la especie humana era capaz de hacer: degradación del medio ambiente, agotamiento de los recursos, enfrentamientos políticos, desequilibrios sociales… Y se dieron cuenta de que el futuro iba siendo cada vez más incierto e imprevisible, sobre todo para los jóvenes, a los que las redes y medios de comunicación estaban presentando la fama, el dinero y el poder casi como único objetivo de sus vidas.

Sin ser consciente, Paula es una de ellas. Njid lleva casi dos años conectando con ella y ha observado que va dejando de ser una niña. Alta, delgada y con una piel de un color claro casi transparente, no puede sonreír. Frunce su boca sin labios al ver lo que ha hecho Paula y piensa: “Esta chica llegará lejos, muy lejos. Seguro que hay muchas más como ella. Todavía hay esperanza”