El Navegante de los Tiempos

Agitó el aire con los dedos mientras esperaba a que le anunciasen en la Corte. Aquel aire pesado llevaba el sabor de la certidumbre y la tradición. Era un sabor a frío y a cerrado. Él sin embargo, traía ciencia, datos, argumentos…

__“¿A que huele?”, pensó.

_“A dineros y a pagarés”.

__“¿Quién anda?. ¡!Vive Dios!!¿Quién habla sin palabras y lee pensamientos?.

El sonido que volvió a escuchar no movía el aire; pero lo percibía con suavidad, sin temor. Eran esas palabras invisibles lo más claro que había percibido en cada una de las Cortes que había visitado, hasta aquel momento.

_“Soy …. un amigo. No os alarméis y por favor no alcéis la voz”.

__“Un amigo al que no le veo rostro ni espada, es cuanto menos una ilusión y cuanto más un síntoma de locura y perdición. Decidme quién sois e iros”. Susurró contra los azahares que alcanzaban su misma altura.

_“No me despidáis os lo ruego. No soy de este mundo; aunque una vez estuve en él y era conocido como Héctor y hoy, no temáis, he vuelto en forma de navegante de los tiempos o de ángel, como vos prefiráis llamarme”. “Escuchadme, os lo ruego. Si me despedís, no podré haceros servir mi fortuna”.

__“Decidme qué queréis”.

_“Sois, como yo un navegante y como yo venís a solicitar un trato de favor. La audiencia que os espera ha dictado ya su solución y si os recibe es por cumplimentaros y comprobar cuan altas son las recomendaciones que traéis; aunque no sepan como yo sé, que no poseéis ninguna”.
“Permitidme hablar por vos. Dejadme vuestra voz en calidad de préstamo. Vuestra voz y mis palabras”.

__ “Pero, decidme Héctor, ¿por qué queréis prestarme vuestro talento a cambio de mi voz?. Vuestro talento deberá convertir unas pocas palabras en muchas onzas de oro. En cambio mi voz no vale prácticamente nada”.

_“Os equivocáis. La voz agita levemente el aire y el aire podrá acariciarla. Es el único modo de estar cerca de Ella. Como vos, también tengo algo que decirle”.

__“¿Cerca de ella?”

_“Sí Ella. La mujer a la que en otro tiempo, cuando me llamaba Héctor, la mujer a la que…, la única mujer a la que amé”.

_“Pero esta mujer es…”

Crujieron los goznes secos de la recia puerta de olivo.

“Adelante, el Consejo le aguarda”.

__“Accedo Héctor”. Susurró de nuevo a los azahares.

Algunos ministros se habían acercado al pie del trono y parecía que sus argumentos desatendidos daban los últimos coletazos, buscando una huida honrosa. Otros ministros andaban hacia atrás buscando muy dignamente y a tientas dónde reclinarse. Unos pocos, sin más opción que esperar, desplazaron altivamente la cabeza hacia la entrada.
Estos, tan solo vieron entrar a un hombre; sin embargo entraron dos. Dos navegantes. El uno, llevaba cartas marinas y celestes, tratados, cálculos e instrumentos; él otro únicamente llevaba una sombría esperanza, ¿le reconocería?.
Se arrodilló ante la reina y juntó a él también se inclinó su valedor.

“Qué os trae a nos con tanta premura e infante obstinación”.

__“Curiosidad, mi Señora”.

“Reconozco estas palabras y aunque gratas para mí, no son las de un navegante. Continuad, por favor”.

__“Curiosidad por saber si me dais otra vez vuestra confianza”.

La reina pareció sobrecogerse; pero sus ojos brillaron y le sonrieron.

“Continuad navegante. ¿Qué precisa de mi confianza?”.

__“Un imposible y que en realidad es un posible. Se puede volver. Se puede volver al este navegando hacia el oeste”.

Se escuchó un crepitar de capas y faldones. Los ministros se agitaban con desordenada compostura agachando las cabezas y doblando sus semblantes. Parecían atragantarse en sus bocas las palabras, que salían atropellándose entre sí.
Sin embargo, el aludido y la Reina percibieron con claridad entre los sofocos, exclamaciones y ahogos de los ministros, las palabras necedad, soberbia, caos, atrevimiento, locura e insensatez.
En esas estaban los ministros, cuando la Reina se incorporó sobre Cristóbal Colón y le dijo:

“Adelante, enseñadnos a llegar al este por el oeste”.

Atónitos, los ministros aflojaron todavía más las riendas de su indignación. Sus exclamaciones chocando entre sí apagaron su segundo mensaje:

“y vuelve, Héctor”.

Le había descubierto. Aquella mujer hermosa en aquel siglo ingrato había reconocido al hombre al que en otro mundo y otro tiempo amó. El amor puede volver. Ella había comprendido.

El navegante se inclinó y agitó a modo de reverencia, ligeramente el aire.

__“Volveré mi señora. Confiad siempre”.

“Os aguardo. Impaciente”.

Salieron los dos amigos, felices, al patio del Claustro.

_ Querido amigo, si no fueseis hombre de razón y ciencia no hubieseis creído en mí, en algo que no veis ni en vuestro imposible, navegar al este por el oeste. Partid pues, mirando con los ojos del corazón y de la razón.