Nuestro ADN

El canto del cuco al atardecer y el cricrí de los grillos me hace tomar contacto de nuevo con mi entorno. Levanto la vista y el olivar en el que trabajo se torna majestuoso, llevándome más allá del ejemplar en el que llevaré concentrada más de media hora. Por el oeste el cielo comienza a adquirir una mezcla heterogénea de naranjas, ocres y encarnados que preceden al justo momento en el que el astro rey se oculta tras el inmenso encinar de poniente. Presenciar estos milisegundos me reconfortan y llenan mi depósito de energía más allá del enrase. Al intentar moverme doy un traspié y observo la cantidad de bolsas de muestras que se acumulan a mí alrededor. Han ido creciendo casi sin darme cuenta cual sal cristalizada. Me espanto un mosquito de los ojos y vuelvo a remangarme la camisa, dejando a la vista sus bordes medio oxidados y roídos de tanto trabajo. Cualquiera que presenciara la escena en la que estoy inmersa la tildaría de entre caótica, agotadora y de significativamente desconcertante.
Aspiro con intensidad y percibo el característico olor a tierra y paja seca. Un tractor a lo lejos ara un terreno bien seco castigado por la escasez de lluvias. Deja tras de sí una polvareda densa y azufrada. Echo un vistazo a mi cuaderno y me sorprendo de que la cepa que acabo de muestrear fué la última. Al final, la jornada maratoniana no ha resultado tan tediosa como parecía en un principio, sino que se ha desarrollado cual marcha analítica; con sus pasos y fases calculadas al milímetro y que he conseguido llevar a cabo con exactitud. Todo ello favorecido por el entorno que me envuleve. En él, la naturaleza y la actividad agrícola se entremezclan de manera casi homogénea gracias al trabajo y avances conseguidos por tantos investigadores a lo largo de la historia. Y aquí me encuentro yo ahora, para continuar y aportar un microgramo más al peso de la actividad científica. El desafío que supone conocer y descubrir cada vez más acerca del planeta en el que habitamos es la única energía de activación que necesitamos. Fallaremos cientos de veces o nos veremos perdidos entre una maraña de datos sin aparente sentido. Pero a pesar de ello, en nuestra cabeza continuarán burbujeando ideas que destilaremos y aplicaremos con ilusión y ganas de superarnos. Esto es lo que todos y cada uno de los investigadores llevamos en nuestro ADN. Es un como un gen que compartimos, una semilla que un día brota y germina en nosotros dirigiendo nuestros pasos y nuestro futuro.
Poco a poco me voy quedando sin luz natural. Una brisa ligera y fresca me acaricia el rostro y me pone la piel de gallina. Reacciono y me apresuro hasta el todoterreno, una carrera que me hace recircular y reactivar mi mente investigadora. Tomo nota de los últimos datos ambientales de temperatura, humedad, velocidad del viento y de la hora. Alcanzo una caja del maletero y vuelvo junto al precipitado de muestras. Recojo estas y otras herramientas y utensilios que he utilizado. Antes de abandonar la parcela de estudio me detengo un último instante para adsorber cada detalle y sensación del estimulante paraje que se extiende ante mí. Las parras, ya en los últimos días de septiembre, se muestran en el cenit de su desarrollo. Están frondosas y cuelgan de ellas cual estalactitas exuberantes racimos con uvas de color más oscuro que el carbón activo y que se encuentran a punto de alcanzar el punto exacto de equilibrio entre acidez y dulzor. Los colores del cielo han cambiado en pocos minutos a tonalidades entre púrpuras y añiles, donde un par de nubes azul de Prusia se cuelgan rozando el horizonte.
Es hora de partir. En los próximos días me enfrentaré a arduas pero interesantes jornadas de análisis químicos y físicos, así como a un exhaustivo estudio de datos. Será un procesado lento pero que me permitirá tejer y sintetizar una red cristalina de resultados, no sin sus impurezas y datos atípicos; con los que alcanzaré una conclusión. Toda en su conjunto completará una emocionante experiencia y un camino de aprendizaje intensivo y amplio sin semejanza a ningún otro existente.
¿Quién me iba a decir hace unos años que me dejaría llevar por la ciencia, que me embarcaría en un doctorado y enfocaría mi vida hacia la investigación? Una senda que muchos han calificado de sinuosa, tortuosa, llena de obstáculos y frustrante. Las dificultades, problemática y esfuerzo que requieren merecen sin duda la pena por vivir y experimentar sensaciones como las de hoy. Sabiendo que no solo contribuyo a mi crecimiento profesional y personal, sino al de toda la sociedad y a su relación con el resto de seres vivos del planeta.