DOCE TERAS

A principios del siglo XL la Unión de los Estados Mundiales (UEM) no había prohibido todavía la reproducción sexual. Sin embargo, la baja fertilidad y la mala salud de los recién nacidos obligaban a recurrir a la clonación a quien quisiera garantizarse la descendencia. El proceso era sencillo y bastaba con cumplir estos cinco requisitos:

- Medios económicos suficientes para la manutención del clon.
- Tener entre 25 y 45 años de edad.
- Solo se permitía un clon por persona.
- Estaba prohibido clonarse una vez fallecido.
- No podías clonarte hasta que tu progeniclón falleciera.

A efectos prácticos, la cría y educación no se diferenciaban mucho de los de la reproducción sexual. Además, el estricto control de la clonación ayudó a reducir la sobrepoblación mundial a una tasa anual del 0,2%.

En el año 4720 se anunció la secuenciación del memorioma. Los avances en neurología, unidos al desarrollo de los ordenadores cuánticos, permitieron identificar y almacenar todas las asociaciones neuronales del cerebro de una persona y, a modo de marcas, traspasarlas a otra. Las aplicaciones en los campos del aprendizaje y recuperación de lesionados cerebrales fueron inmediatas. Pero sin duda, fue en la reproducción por clonación donde esta nueva tecnología tuvo más éxito. A la clonación del cuerpo se unió la del espíritu, y con ambas se proclamó el logro de la inmortalidad.

Para llevar a cabo la implantación del memorioma, las asociaciones neuronales del clon eran primero borradas al alcanzar la pubertad y, en su lugar, se implantaban las del progeniclón. A lo largo de su vida, el clon iba acumulando sus propias asociaciones, que pasarían más tarde a su propio clon. Así, los recuerdos, emociones, experiencias y conocimientos de cada generación fueron conservados y aumentados en la generación siguiente. Nada parecía poder detener el progreso de la humanidad.

Se equivocaban

El repunte de asesinatos y suicidios comenzó unos años antes, pero se ha marcado el 5225 como el año del origen del conflicto. Fue entonces cuando surgió el autodenominado Escuadrón del Juicio Eterno (EJE). Sin un propósito claro, el EJE empezó a atentar contra todo, incluso contra sí mismo. Las fuerzas de la UEM no entendieron sus motivaciones, aunque pronto quedó clara una cosa: la pertenencia a este grupo era adictiva entre los más jóvenes. No se trataba de un mero acto rebeldía juvenil. Era pura heroína. Como una metástasis social, fue extendiéndose por todos los territorios de la UEM. Los miembros del EJE que eran apresados con vida se suicidaban de cualquier forma que podían, y por cada baja se alistaban miles de jóvenes más. Al límite del caos mundial, Teófilo Puertas dio con el patrón común a los miembros del EJE. Todos ellos habían sobrepasado los doce terabytes de memoria. Las investigaciones en topología y bioquímica cerebral no tardaron en demostrar que doce teras suponían una sobrecarga de conexiones neuronales con las que el cerebro humano deja de funcionar con normalidad. Algo en lo nadie hasta entonces había caído. Y fue en aquella generación recién implantada cuando se empezó a alcanzar dicha capacidad. A partir de ese momento los miembros del EJE pasaron a denominarse dodecateras, o simplemente dodecas.

El programa del memorioma humano y su aplicación a la clonación se vetaron de inmediato y los nuevos clones tuvieron que aprender como sus antepasados, a partir de su aprendizaje y experiencia. Se flexibilizaron los requisitos para clonarse con el fin de compensar la generación perdida y, sobre todo, para poder combatir contra ella.

La guerra se desarrolló a modo de pinza generacional. Los primeros combatientes contra los dodecas tuvieron que aguantar el tiempo suficiente para ser remplazados por los nacidos tras el veto al memorioma. Fue una guerra con las mismas miserias que en todas las que han sido narradas en los diez mil años de historia escrita de la humanidad. Al final, ganaron los que la contamos. Los buenos. Perdieron los que tuvieron la mala suerte de acumular doce teras de memoria. Los malos.