El 2%

Acabo de cumplir los 12 años y ha llegado la hora de hacerme la prueba. Mi abuela, la mujer más sabia que conozco, siempre habla de cuando no existía el dis-contraste y de lo difícil que era vivir “sin saber detectarlos con una simple prueba”. Fue precisamente ella quien me acompañó a hacérmela. Cuando llegamos al centro de salud, un amable care-robot me indicó el número de la consulta a la que debía acudir. La número uno. Eso era una buena señal porque el uno es mi número favorito. Subimos a la cinta de paseo y descendimos en la puerta correspondiente. Yo estaba muy nervioso, pero ella sabía cómo tranquilizarme. Sacó uno de sus caramelos granates y me lo ofreció cariñosamente. No tuve tiempo de cogerlo, inmediatamente se abrió la puerta y una pantalla con letras luminosas nos indicó que pasáramos a la sala de evaluación clínica.
Una vez dentro, cogí la lámina de grafeno que esperaba encima de la mesa y me la coloqué en la muñeca. Se encendió la pantalla y apareció mi doctora, la señora May. Con una encantadora sonrisa me pidió que me recostara en la camilla que había junto a la ventana. Yo obedecí intentando que no se notara el temblor de mis piernas… Quería demostrar lo valiente que era, obviando que la lámina delataba mi acelerado ritmo cardíaco. Iluso de mí pensé que May no se daría cuenta.
Una vez tumbado, se puso en marcha la máquina de extracción. Me subió la manga de la camisa hasta el codo y me colocó un parche de color ámbar que estaba muy caliente. May me explicó que estaban extrayéndome una mínima cantidad de sangre para la prueba y que solo notaría un suave ardor. Ella llama “suave” a todo lo que yo considero “insoportablemente doloroso”. Aguanté las ganas de arrancármelo y el parche comenzó a tornarse rojo, después azul y finalmente negro. Mi abuela me miraba con dulzura desde el otro lado de la sala y pude leer en sus labios que me decía “aguanta, cariño”. Le sonreí fingiendo que no me estaba doliendo, a pesar de notar cómo mis ojos se llenaban de lágrimas.
Poco a poco, el dolor desapareció y la máquina de extracción cogió el parche y lo llevó a la bandeja metálica de la mesa. Encima de un cristal del tamaño de mi mano, colocó el parche y extrajo de él una gelatina rojiza. Seguidamente, se encendió la máquina de inyectables y pinchó la gelatina. Comenzó a salir un líquido que dibujaba delgadas líneas de colores. May, que observaba el proceso en silencio, me pidió que volviera junto a mi abuela y fuéramos a la sala de espera. Eché un último vistazo a la masa gelatinosa que comenzaba a cambiar de color. Púrpura, rosa, ocre… No quise mirar, temía el resultado. Todos menos negro, todos menos negro.
¿Sala para esperar? Yo diría sala para desesperar. Más de ocho minutos tuve que permanecer en aquel lugar sin saber cómo había ido. May apareció con sus ojos color avellana y me pidió que la siguiera, pero que fuera solo. Mi abuela soltó mi mano y apretó los dientes, nunca la había visto así.
Seguí a May por el pasillo y llegamos a su despacho. Tiene siempre muchas flores en una vitrina hermética que dan vida a ese lugar. Me pidió que me sentara y estuviera tranquilo... ¿Tranquilo? Lo tuve claro: malas noticias.
De esa conversación solo recuerdo algunos fragmentos “¿Sabes para qué sirve la prueba? El dis-contraste nos permite saber si padeces o padecerás algún tipo de enfermedad mental. Hay que observar el color y la densidad de la gelatina…” “Púrpura para los trastornos de ansiedad, verde para los trastornos adictivos, rosa para los…· “¿Comprendes lo que te digo? El negro es para determinar si en el futuro tendrás esquizofrenia…” “¿Qué color crees que tiene tu gelatina? Mírala, la tengo justo aquí. Vamos a verla juntos, no tengas miedo…” “El grado de certidumbre de la prueba es del 98%, hay que tenerlo siempre en cuenta, no es completamente determinante...”.
La cabeza me daba vueltas, todos los colores cruzaban mi mente y solo oía parte de lo que May me explicaba. Finalmente, tras preguntarme repetidas veces si estaba bien, me acompañó hasta la sala donde esperaba mi abuela. Ella se acercó lo más rápido que le permitían sus ancianas piernas y me miró a los ojos.
Sin un atisbo de duda, sonrió.
Aún hoy, en pleno siglo XXII, sigo sin saber cómo supo que no había cambiado de color y que no padecería un trastorno mental. Y aún hoy sigo preguntándome por qué tres años después tuve mi primer ataque de pánico... En efecto, yo pertenezco a ese 2%.