El País de las Piruletas

Un relato inspirado en ciencia española me manda hacer Mari Carmen, y en mi vida me he visto en tanto aprieto. Aprovecho la ocasión para dejar mi imaginación volar libérrima, desatada de las cadenas opresoras de la razón, imaginando las fantasías más alocadas, voluptuosas y extravagantes...

Imagino un país de tulipanes voladores y piruletas parlanchinas donde se invierte el tres por ciento del PIB en I+D para la mejorar la vida de las personas en lugar de en cañones y bombas humanitarias que soltar en algún desdichado rincón del planeta donde no lluevan ositos de gominola, para arrebatársela.

Imagino un país de manzanas con aire acondicionado donde a los niños se les inculque desde pequeños el amor al conocimiento, el valor de la crítica, el culto al librepensamiento; donde se les afilie a sociedades científicas o artísticas, en lugar de a clubes de fútbol, catequesis o hermandades.

Imagino un país de diminutos dinosaurios que viven bailando y comiendo merengue en las setas del bosque donde los jóvenes científicos con una sólida formación sufragada por todos durante décadas pueden desarrollar su labor investigadora en el País de las Piruletas en condiciones dignas, empleando su genio y su tiempo en conocer y mejorar lo que es de todos, en lugar de pasarlo en Infojobs preocupados por el próximo vencimiento de su undécima beca sietemesina sin derecho a desempleo. Incluso, ¿por qué no? ¡desafiemos los límites de la razón!: imagino un país que no les obligue a poner copas en garitos de moda o a desarrollar su ingenio en otros países menos coloridos y salerosos para no renunciar a su vida personal.

Imagino un país en el que el moscatel de los ríos remonta indómito las cascadas donde la gente sienta la misma devoción por la ciencia y la cultura que por el fútbol, los cotilleos o la Semana Santa; que sufran crisis nerviosas y desvanecimientos cuando vean de cerca al inventor del exoesqueleto que permite la movilidad a personas con parálisis, cuando se crucen en un bar con aquéllos que salvaron al lince ibérico de la extinción; que abrumen con selfies y autógrafos a quien descubrió la tumba de Tutmosis III; donde los adolescentes empapelen sus habitaciones con frases de Einstein, aforismos de Nietzsche o con la fórmula del lantano.

Imagino un país de cocodrilos con chistera, bañador rojo y gafas de sol donde la gobernanza honrada busca, atiende y respeta el dictamen de los científicos y técnicos para tomar decisiones objetivas en favor de todos, y no sólo de los pocos que se reparten con ellos el pastel.

Dejé volar mi imaginación. Pero había que terminar el relato. Ochocientas palabras podrían provocar una insana sobredosis de fantasía, de modo que aterrizó...y el país donde me habría gustado vivir se convirtió en un relato de ciencia-ficción.