REPRODUCIBILIDAD

El tenue ronroneo del equipo siempre te provoca una sensación de ansiedad. Esa madrugada la incertidumbre es mayor que nunca: en unos minutos sabrás el resultado del experimento en el que vienen trabajando desde hace un mes.
Y este podría resultar decisivo.
Despiertas a Andy, tu estudiante de doctorado que se ha quedado rendido a pesar del café. En los últimos días han dormido poco y mal. El resultado del primer ensayo fue espectacular. La ausencia de virus en los cultivos después de un mes de tratamiento con el cortavirus les provocó vértigo. Desde varias décadas atrás se sabía cómo contener al engendro, mantenerlo encerrado dentro de las células, haciéndose el muerto, pero nadie había logrado eliminarlo por completo. Este cortavirus era tu diseño, resultado de muchas horas de análisis y pruebas. Una combinación de moléculas para detectar el ADN viral insertado, marcarlo y destruirlo selectivamente.
Andy había brincado de entusiasmo al ver las lecturas de la prueba de PCR en tiempo real que se aplica para medir la cantidad de ADN del virus en las células. «El cortavirus funciona, jodimos al cabrón». Tú, más flemática y acostumbrada a lidiar con la veleidad de la ciencia, lo tomaste con reservas. «Hay que repetirlo», dijiste. Pero algo se disparó en tu interior; una esperanza que pugnaba por abrirse paso entre las capas de escepticismo con que se había blindado tu mente.
Siempre has visto al virus como un ser pensante, un enemigo íntimo con el cual tienes viejas cuentas pendientes: tus padres muertos en los ochenta, cuando no había terapia y eras demasiado pequeña para recordar. Alice lo sabe y por eso tolera que lleves dos días durmiendo en el lab sin compartir su cama, pero eso no significa que tu ausencia la haga feliz.
Bien sabes que muchos resultados prometedores nunca pueden ser reproducidos. Por eso te empeñaste en montar todo de nuevo con tu estudiante, revisar cada cálculo y comprobar el estado de los reactivos y materiales.
Andy se acerca, aún soñoliento, y mira las curvas que comienzan a delinearse en la pantalla del ordenador. «Controles», respondes a su muda pregunta, y contemplan como se prolonga la línea de base del control negativo hasta los cuarenta minutos, lo que indica que no hay ni sombra de virus. Luego pasa el estándar que te permitirá cuantificar la cantidad de virus en tus muestras, así como el control positivo de virus sin tratamiento, donde el maldito se multiplica a sus anchas y al cabo de un mes cada célula tiene al menos una copia de su genoma insertada en los cromosomas.
La tensión va in crescendo y, a pesar de tu apariencia serena, el corazón es un potro desbocado cuando comienzan a dibujarse las curvas de la primera muestra experimental. No es lo que esperabas, el pico se atrasa pero no tanto como en el experimento anterior. Como se trata de la concentración más baja del cortavirus, aun no es definitorio el resultado. Pero luego viene la segunda concentración, la tercera y la cuarta, y la decepción que te golpea inmisericorde. «No puede ser, dice Andy, no se parece en nada al otro».
Vuelves a repasar en tu mente el protocolo buscando donde pueden haberse equivocado. No encuentras nada. Solo la duda creciente de que quizás el error lo cometieron antes, en el primer experimento. «Era demasiado bueno para ser verdad», piensas. Si se hubiera repetido, Andy tendría su doctorado, y tú, los honores de un descubrimiento que podría ser el principio del fin para ese engendro. Quizás hasta el Nobel y la sensación de haber vengado a tus padres.
Andy te mira con cara de desesperación como pidiendo señas. Por un momento piensas lo fácil que sería pretender que este segundo intento no ha tenido lugar. Publicarías solo el anterior y en el pie de figura pondrías: «este es un experimento representativo de tres repeticiones independientes», o algo así. Lo hace muchísima gente y no pasa nada y tú sabes que es mentira en muchos casos; que lo hicieron una sola vez y va en coche. Y es que la presión por publicar es demasiado fuerte porque sin artículos no te darán nuevos grants para pagar los reactivos, a tus colaboradores y todo lo demás. Y entiendes que la primera consecuencia de no publicar rápido será perder este proyecto y tener que trabajar donde haya dinero, aunque no te interese el tema ni sea un problema personal para ti.
Eso o ir al paro.
Te acercas más a Andy que sigue ahí como un lanzador esperando las señas de su catcher, si recta o curva. Honestidad o engaño. Lo miras a los ojos y percibes la duda agazapada en su mirada. Le palmeas la espalda.
«Hay que repetirlo todo, Andy, nadie dijo que hacer ciencia fuera fácil ».