Aleteos

Un pequeño gorrión emprendió el vuelo cuando pasé cerca de él. No pude evitar sonreír y lo seguí con la mirada hasta que desapareció. Iba de camino a casa de mi abuela. Quería verla antes del juicio. Ella había sido el motor que me había permitido seguir adelante con mi proyecto, aun sabiendo que podría tener problemas con la justicia.
Todo empezó hace más de 15 años. En el colegio me habían mandado hacer un trabajo sobre una especie amenazada. Buscaba en el ordenador algún animal interesante cuando apareció mi abuela.
- No deberías fiarte de todo lo que pone en internet. El gorrión no está en peligro de extinción. Eso es absurdo.
- Esta página es fiable. La profe nos ha dicho que la lista roja de la IUCN está hecha por personas que entienden mucho del tema.
Su expresión cambió por completo y se puso seria. Se sentó a mi lado y leyó las causas que habían llevado al gorrión hasta ese estado. Parecía realmente afectada. Fue entonces cuando me contó que ella había crecido rodeada de estos pajarillos. Antes era fácil verlos por todas partes. En su propio patio habían vivido varios durante años. Le gustaba observarlos desde la ventana de su habitación. Los veía revolotear entre la higuera y el ciruelo en busca de algo que llevarse al pico. Había aprendido mucho sobre ellos y les había cogido cariño. Hablaba tan emocionada que llegué a sentir envidia, yo nunca había visto uno en persona.
Me confesó que cuando dejó de verlos pensó que se habían marchado a otro lugar. Pero jamás se llegó a imaginar que estaban desapareciendo. Se sentía apenada de descubrir que nunca regresarían allí y que no podría volver a disfrutar de su canto. En ese mismo momento decidí que iba a hacer algo para cambiar las cosas.
Toda mi formación académica se centró en conseguir mi objetivo. Estudié biología y me especialicé en ecología de poblaciones. Intenté que distintos centros de investigación apoyaran mi proyecto. Pero no tuve éxito.
No pensaba rendirme, así que decidí montar un laboratorio clandestino en mi casa. Por las mañanas trabajaba en una empresa de investigación privada y por las tardes mezclaba genes para traer de vuelta gorriones al pueblo.
No fue fácil encontrar distintos individuos. En España estaban prácticamente extintos. Viajé por varias regiones en busca de pequeñas poblaciones. Con mucho cuidado, siempre sin hacerles daño, recogí muestras de tejido. Ya en el laboratorio utilicé células madre para crear embriones. Así conseguí hacer distintas combinaciones genéticas que permitirían a mi población contar con una amplia variabilidad. De esta forma evitaba las consecuencias negativas que se daban con la clonación.
Al principio las cosas no fueron fáciles. Algunos embriones no conseguían desarrollarse y otros morían al sacarlos del huevo artificial. Pero finalmente conseguí individuos que llegaban sin problemas a la madurez sexual.
Los mantenía en una gran habitación acondicionada para ellos. Había plantas, cuencos con agua, agujeros donde crear nidos… Las ventanas estaban abiertas para que pudieran sentir el aire, el frio y el calor. Aunque les tenía una red puesta para que no salieran, debía esperar al momento oportuno, los insectos se podían colar entre los agujeros, lo que les venía muy bien cuando necesitaban alimentar a los polluelos.
Entre los gorriones que creé artificialmente y los que nacieron de forma natural conseguí más de 150 en pocos años. Pero antes de soltarlos debía hacer algo más. Si la gente del pueblo no me apoyaba, no tardarían en volver a desaparecer. Logré que en los dos colegios y en el instituto del pueblo los profesores les hablaran sobre los gorriones y cómo podían ayudarles. Hicieron casitas que colgaron por el patio y en los árboles del parque. Algunos construyeron otras en sus casas porque también querían que fueran a vivir allí. El día que los liberé medio pueblo vino a verlo. Fue emocionante.
Por aquel entonces mi abuela ya estaba muy mayor. Le costaba andar y apenas salía. Cogí dos parejas y se las llevé directamente a su casa. Nunca la había visto tan alegre. Habían sido años de duro trabajo pero el resultado compensaba todos los problemas que se me venían ahora encima.
Me acusaban de haber incumplido el Código Ético de la biotecnología. Entre la comunidad científica había quien me apoyaba y quien estaba en mi contra y pensaba que había cometido una locura.
Abrí con mi propia llave la puerta. La casa estaba demasiado silenciosa. Entré en el salón y vi a mi abuela dormida en el sillón que había frente a la ventana. La llamé, pero no se despertó. Estaba fría. Un gorrión se posó en el alfeizar y cantó. Pasara lo que pasara al día siguiente sentí que había hecho lo correcto.