Lluvia de ratones

No comprendo cómo han podido colarse en el animalario, tampoco tengo claras sus intenciones aunque detecto que mi sistema nervioso simpático ya tomó una decisión al respecto en cuanto vislumbré las tres siluetas, y en respuesta ha desatado un huracán bioquímico en mi interior sin tan siquiera darme tiempo a organizar un par de ideas confusas sobre lo que está ocurriendo. La respuesta de huida se ha activado en cuestión de una milésima de segundo y acaba de trasladarme a la sabana, recordándome que soy un animal más, no muy diferente de las decenas de roedores que se agitan nerviosos en las jaulas. Ellos también han detectado que una amenaza se desliza en silencio entre comederos y cajas de experimentación. Mis pupilas se han dilatado, mi tasa cardíaca y respiratoria se incrementa, susurrándome que debo estar listo para correr o luchar; hay otros cambios que no detecto: una cascada de hormonas ordena que se libere energía o la vasoconstricción en determinadas zonas de mi cuerpo favorece la disponibilidad de nutrientes en los músculos. Soy la cebra y se despliegan ante mí tres leones en forma de activistas por la igualdad animal.

Llevan las caras tapadas con una especie de pasamontañas de tela blanca y camisetas con mensajes contra el maltrato animal. Vacilantes, me observan de hito en hito, estudian con curiosidad la bata blanca que llevo puesta, el símbolo que me convierte en el enemigo. No dicen nada. Intuyo que la persona del centro es una mujer y los dos sujetos que la flanquean hombres. Los acompañantes la miran, dando a entender que esperan indicaciones. Sí, es la jefa. Si quiero tener la oportunidad de que no me destrocen las instalaciones debo negociar con ella. Una gota de sudor frío me recorre la cara y me maldigo por ello, los leones perciben el miedo a distancia.

—No tenéis derecho a hacer esto —dice la cabecilla.

Me quedo como un pasmarote. No respondo. Mi parte instintiva esperaba cualquier gesto violento, no el inicio de un debate. Para responder necesito que mi córtex despierte y me arrastre por los tortuosos senderos de la selva evolutiva hasta los primates. ¡Por Darwin bendito, es lunes a las ocho de la mañana, será un milagro si consigo llegar al nivel oragután de respuesta! ¡Piensa!

— Soltemos a estos pobres, ¡rápido! —dice el hombre de la derecha.

La líder eleva una frágil mano en el aire, contiene el ataque con el sutil gesto. Me está concediendo una oportunidad para defenderme. Por mi cabeza pasan las caras de desesperación de varios becarios de doctorado que tendrían que empezar de nuevo con sus experimentos; la impotencia y la rabia al comprobar que meses de trabajo se precipitan por la borda. Todos los ratones son iguales, hay noventa, los tengo contados. Casi una centena de pelusas níveas con ojos de rubí. Si los liberan no habrá forma de identificar qué animales pertenecen al ensayo del fármaco que estamos testando contra el deterioro neuronal, cuáles se corresponden con la línea de tratamiento del cáncer de mama o qué otros pertenecen a Sara, ¡oh, no! Sara había destinado los últimos fondos de su proyecto al experimento que podría suponer la solución a personas con una enfermedad rara en la piel. Me decido a hablar:

—Sé que no tenemos derecho a hacerles sufrir, sé que merecen una vida mejor que la de ser sujetos experimentales pero, ¡mirad! —digo mientras intento atraer la atención de los depredadores. Saco mi teléfono móvil del bolsillo del pantalón y les muestro una foto—. Esta es Marina, tiene siete y quiere tener una vida mejor. Sufre una enfermedad rara y algunos de estos ratones son la clave para que pueda, dentro de poco, salir a jugar a la calle como lo hace el resto de sus amigas. Por favor, causar destrozos aquí no supondrá más que acabar con la esperanza de millones de enfermos de patologías neurodegenerativas, cáncer y otras enfermedades. Estáis a un paso de reducir a añicos el trabajo de años.
¡Maldita sea! No debí decir eso último, está claro que esta mañana no he llegado ni al nivel evolutivo de una babosa marina. Odio los lunes.

—Los humanos no estamos por encima del resto de animales. Nada justifica que los usemos. ¿Ves este mando a distancia? —me indica mientras muestra un dispositivo que nunca he visto en el animalario —. Sirve para abrir todas las jaulas de una vez y catapultar a los ratones al exterior.

¿Quién demonios ha instalado ese aparato sin consultármelo? Soy testigo de cómo presiona el botón y veo cómo los noventa ratones salen despedidos en el aire, mezclándose. Lluvia de ratones acompañada de un intenso pitido. ¡Me van a despedir!

Grito. De pronto abro los ojos. El sonido procede del despertador. Ha sido una pesadilla. Odio los lunes.