¿Qué tal en el laboratorio?

Hoy he visitado a papá. Por primera vez desde que le diagnosticaron la enfermedad -hace casi tres años- ha deslizado su mirada por mi rostro sin encontrar un solo recuerdo al que aferrarse. Me senté a los pies de su cama, le acaricié la mano y le susurré su nombre. Él me sondeó con sus ojos brumosos. Examinó mi pelo, mi nariz –siempre han dicho que es igual a la suya-, mis orejas, mi barba… Con la expresión impotente del alpinista que tantea un gran risco y solo se topa con roca pulida bajo sus yemas. “Tiene días”, murmuró mamá a mis espaldas, apoyada contra la jamba de la puerta. Al oírla papá se incorporó en la cama y alzó la vista. Paseó sus pupilas mudas por el cuarto hasta que pareció reparar en un punto lejano, situado más allá del techo. Un minuto después se dio la vuelta en silencio y dejó caer la cabeza sobre la almohada, mirando hacia la ventana. A través de las cortinas se veía un pedazo del cielo gris de febrero. Unos vaqueros retorcidos goteaban desde el tendedero del vecino. “Tiene días”, volví a oír detrás de mí. No me giré. Asentí. Carraspee sin ganas. Apoyadas aún sobre la colcha de lana, sentía cómo las palmas de las manos se me empezaban a perlar de un sudor frío. Pensé en levantarme, darle un beso en la frente a mi padre y llevarme a mi madre a la cocina. Contarle allí lo del ascenso de Carmen, ponerla al día de las últimas andanzas de los niños en el colegio, hablar del tiempo... Espantar la pregunta que –estaba convencido- pugnaba por salir de sus labios hacia la atmósfera viciada de aquel cuarto.

- “¿Qué tal en el laboratorio?”

Pero allí estaba.

La exhaló.

Sin la inflexión propia de una pregunta, sin pausas.

Su voz, supurante de dolor e impaciencia.

Le respondí que bien. Seguía de espaldas a ella, pero escuchaba el roce de sus vaqueros cada vez que sacudía la pierna, nerviosa. “¿Se ha solucionado lo de la beca? ¿Os han dado ya el OK de Bruselas?”, insistió. Asentí de nuevo. Esta vez solo con una ligera inclinación de la cabeza. Frente a mí veía cómo el hombro de papá emergía y se sumergía entre las sábanas con cada bocanada. Se había quedado dormido. “Bien, me alegro; eso está bien… Así podréis contratar a más gente”, musitó mi madre. El rumor de su pierna al rozar la jamba se había acelerado. Cerré los ojos. Nos recordé a papá, a mamá, a mí, en aquella misma habitación, hacía nueve años, cuando les comuniqué mi decisión de dejar la plaza de Neurólogo en Vigo y mudarme a Barcelona. La escena seguía impresa en mis retinas y en mi oído: de pie, a solo unos pasos de donde ahora yacía ajeno al mundo, mi padre había gesticulado y bufado, había negado con vehemencia. Me había reprochado mi egoísmo. Sentía aún su voz grave resonando entre aquellas paredes, un eco que se entremezclada ahora con sus ronquidos y el rebullir inquieto de mi madre en el vano de la puerta. “El chico sigue su camino”, le repetía mi madre. Más tarde, aquel mismo domingo de hacía casi una década, ella me pondría la mano sobre el hombro y me susurraría: “¿Por qué”. Yo le había contado entonces lo de la Fundació ACE, sus proyectos, la oferta de Martí para dirigir la investigación contra el Alzheimer… cuando el Alzheimer no era más que una sombra lejana, un fantasma de apellido bávaro que se cernía sobre otras familias, no sobre la nuestra. Hacía de aquello nueve años. Y todas las palabras que entonces pronuncié, todo mi entusiasmo, flotaban ahora en el cuarto.

- “Mamá…” –Sentía la boca pastosa, agarrotada. Mi voz me sonaba ajena. Distante, como si estuviese atrapada a medio camino entre las conversaciones del pasado y las que estaban pendientes. Quise explicarle a mi madre, pero las palabras se me atragantaron- “En el laboratorio... Todo bien”.